El Nacional
Una larga vida de servicio social
Nacido el 9 de abril de 1931, Mario Virgilio Álvarez Dugan fue uno de los frutos del matrimonio de Virgilio Álvarez Pina y Catalina Dugan Leito. Su existencia se desarrolló como la de tantos niños, entre los cuidados de su familia y la formación escolar y su afición por el béisbol como deporte sembrado en su alma.
Los restos de Mario Alvarez Dugan (Cuchito) fueron sepultados al mediodía de este lunes en el Cementerio Cristo Redentor, de la Capital. El sepelio partió de la funeraria Blandino, de la avenida Abraham Lincoln, a las 11:00 de la mañana. A las honras fúnebres, además de la viuda, doña Altagracia Matilde Soto de Alvarez, sus hijos y familiares, asistieron ejecutivos de los periódicos El Nacional, Hoy y El Día, así como otras personalidades.
El director del periódico Hoy falleció el sábado en la clínica Corazones Unidos, por deficiencias cardíacas. Tenía 77 años.
Lector voraz, desde muy temprano en su vida adquirió una cultura general, que unida a una voz agradable y bien timbrada y a un conocimiento a fondo del deporte le llevaron a ser comentarista y narrador del deporte rey en la República Dominicana. Se le considera entre los tres mejores comentaristas deportivos con que ha contado el país.
Para definir su vida, decir ciudadano ejemplar no es suficiente. Una existencia que cultivó una amistad franca a quienes incluso tenían entre sí irreconciliables diferencias políticas y sociales.
Durante la Era de Trujillo fue designado director general de Deportes, en 1958, cargo que ostentó hasta 1960 cuando pasó a ser director del diario La Nación, 1960-1961.
Por su calidad como ejecutivo periodístico es llamado a ser asistente del director del diario El Caribe en 1970, medio en el que estuvo hasta 1979 y donde ascendió hasta director ejecutivo.
En 1979, tras una conversación con José Luis Corripio Estrada (Pepín), acepta dirigir El Nacional, donde mantiene la misma tradición de defensa de los derechos humanos y las libertades públicas, promueve el periodismo de investigación y motiva el trabajo en equipo.
Tras nueve años en El Nacional, en 1988, pasa a dirigir el periódico Hoy, en sustitución de Virgilio Alcántara.
Mario Alvarez Dugan fue mucho más que un director exitoso de medios escritos y protagonista de luchas de opinión en las cuales se debatió el respeto de los derechos humanos, la vigencia de la libertad y la defensa por el medio ambiente.
Además de su carrera como deportista y periodista, supo validar de un modo especial la amistad de cuantos le rodeaban.
Y en su sepelio, esa flor cuidada por años resurgió limpia y luminosa.
Alvarez Dugan en su despedida a la eternidad cosechó con creces exactamente lo mismo que sembró durante los años de su existencia: una amistad franca y bien cimentada entre sus amigos. Una amistad que ofreció sin desniveles incluso a quienes entre sí tenían grandes diferencias, política o personales. En su velatorio todos estaban allí, leales hasta el momento de la despedida final.
Parecería extraño, pero el ambiente no era luctuoso en el marco tradicional que se proyecta normalmente cuando de despedir a un ser apreciado se trata.
El ambiente en torno a la capilla E de la funeraria Blandino era de confraternidad.
Había un sentimiento palpable que no era el simple pesar por la muerte de un amigo. Era otra sensación. Era otra actitud. Era el encuentro final con un ser humano excepcional que parte y a quien se le apreció en la medida en que la bondad y la amistad fueron los valores que ofreció.
Cuantos llegaban ayer a los últimos momentos de contacto con sus restos mortales no hacían más que confirmar el variopinto panorama humano en el cual este hombre tenía cercana relación: el presidente Leonel Fernández, el ex presidente Hipólito Mejía, los dirigentes de grupos de izquierda, de gremios combatientes como la Asociación Dominicana de Profesores, representantes de El Gobierno de la Mañana, (como Julio Martínez Pozo), dirigentes de organizaciones, maestros, ejecutivos de Publicaciones Ahora!, escritores y cantidad de personas que de alguna manera fueron tocadas por su trabajo profesional o simplemente le reconocieron su trayectoria.
La peña dominical
Cuchito Alvarez era el centro de una peña dominical en torno a su despacho en la dirección de El Nacional y luego en la de Hoy, a la cual asistían articulistas, investigadores, tertuliantes, damas inteligentes que le decían las cuatro verdades a cualquiera del mejor postín, escritores y simples amigos sin incidencia pública pero unidos todos en torno al vínculo que generaba este testigo de la historia reciente dominicana.
Lo que ocurrió ayer en la funeraria Blandino era encuentro y despedida hasta algún otro momento del amigo, del ser humano abierto y franco, del poseedor de tantas anécdotas, del sabedor de tantos secretos de toda la clase, ya sea gobernante, ya empresarial, ya de la cúpula política de mando de varios períodos, desde el trujillato hasta las estructuras de gobierno con perfil de democracias.
En todos los asistentes estaba presente como pocas veces el recuerdo de la personalidad de Alvarez Dugan: sus ocurrencias, su sentido del humor, su eterna sonrisa, sus grandes ojos siempre a la expectativa, los apodos que creaba para cada quien, en inteligente giro que sabía imprimir a las conversaciones; las revelaciones de Estado que cursaban en medio de las jornadas coloquiales del domingo.
El país pasaba por una revisión de los contertuliantes en torno a Cuchito Alvarez.

