Hubo escepticismo en muchos ciudadanos, incluyendo sectores gubernamentales, que veían como un mito que en medio de un operativo desplegado por efectivos de la DNCD, el capo boricua Figueroa Agosto o Cristian Almonte se escapara en un barrio humilde, en el corazón del sector Evaristo morales, en la avenida Roberto Pastoriza. Allí se escondió y luego desapareció, lo que hace pensar en una estrecha colaboración con las autoridades policiales portorriqueñas, como no había sucedido en el pasado reciente.
Más de cinco viajes realizó el anterior jefe de la Policía Nacional, ante la mofa de muchas personas, incluso miembros del Ministerio Público, pues las investigaciones suyas y de su equipo apuntaban a que el prófugo había tomado esa dirección, pero nadie lo creyó. Algunos creyeron que se le había dejado escapar a cambio de un bulto lleno de dinero, que aseguraba un testigo vio entregar a su perseguidores en la avenida 27 de Febrero.
La Policía y la DNCD de entonces, repitieron que Figueroa era la cabeza de una red de narcotráfico y lavado de activos de la que forman parte personalidades nacionales y extranjeras y que Sobeida estaba injustamente acusada de complicidad de esos delitos.
Nadie creyó que eran un montaje las fotos donde Sobeida Feliz Morel aparecía esposada y apuntada con un arma de fuego a la cabeza como si estuviera secuestrada sentada en el piso de una vivienda sin identificar. Se llegó a afirmar que la Policía la tenía secuestrada. Que habían entrado al salón, la sacaron por la fuerza y se la llevaron a un lugar desconocido.
Nadie creyó que el condenado en Puerto Rico a 209 años de cárcel ordenara la ejecución de varias personas a través de su red de lavado, quienes se negaron a pagar esas muertes a 17,000 mil dólares por cabeza, como expresaron las investigaciones especiales, realizadas bajo la dirección del ex jefe policial y que penetraron a la opinión pública los detalles de sicarios que segaron varias vidas, cuyos nombres el país conoce.
Basta de bajeza. Felicitaciones al mayor general Rafael Guillermo Guzmán Fermín y a su equipo, injustamente perjudicado y sacado a destiempo de la institución, jóvenes que cometieron el delito de cumplir con su deber y que tarde o temprano deberán ser reivindicados para que experimenten satisfacción por el deber cumplido. Felicitaciones al mayor general Rosado Mateo, jefe de la DNCD y sus hombres por sus esfuerzos y tenacidad.
La sociedad tiene derecho a saber quienes son los cómplices, para que por ese acuerdo no queden sepultados tantos crímenes.
Ahora todo es cierto, cuando lo dice alguien que se ha pasado el tiempo enlodando a las autoridades, enlodando al gobierno, al Estado y sobre todo al país, tal la describió la también imputada Mary Peláez, de inmoral, que admite estos hechos como si nada hubiese pasado, y calla nombres de hombres y mujeres que, desde ciertas posiciones, servían de escudo protector a las atrocidades de esa red.

