Opinión

Danilo de los Santos

Danilo de los Santos

Entre amarillo y gris, era Santiago de los Caballeros a mediados de los 60. En medio del rosado, ninguno sabía a ciencia cierta a donde nos conduciría la vida, cuyo verde follaje era vasta llanura de ilusiones.
Nadando, en el vasto azul de la esperanza, Jorge y yo éramos dirigentes nacionales de la Juventud Estudiantil Católica. Yo me preparaba para ser monja Altagraciana y Jorge era un enamorado secreto, o no tan secreto porque sus mejores amigos lo sabían, entre ellos Danilo de los Santos.

Explosión de colores, arcoíris, conocí a Danilo en ese tiempo, recién llegado a la Universidad, a sus Marolas (las cuales le ganaron gran e inmediata fama) y a la poesía. Con Jorge y Daniel Henríquez (también pintor) escribió TRES EN UN TIEMPO, sellando una amistad que les uniría toda la vida. Y cimentando una búsqueda, donde palabra y color se entretejían en una república de matices, con el flamboyán como norte.
Seducido por el pincel y el lápiz, Danilo era un canvas a la espera de susurro de lo circundante.

Yoryi Morel y el carnaval, el burro recargado de berenjenas, zanahoria, y tomates. Una gama de matices cuya red lo seducía y atrapaba. Danilo se asomaba a las artes plásticas, dejaba fluir su color interno, sus colores. No era aún crítico de arte.

Pintaba y compartía con Nonora Fondeur y Frine Torres la dirección de un grupo de noveles artistas plásticos, del cual él era el más intelectual, el más ávido lector, el más conocedor de tendencias y corrientes.

Siempre que fui al Centro León a exposiciones nos reencontrábamos y hablamos de esos años, cuando éramos felices e indocumentados. Dos cosas le distinguían: la sencillez y la absoluta falta de pretensión. Era demasiado inteligente para conocer el dicho de “dime de lo que alardeas y te diré de lo que careces”. Demasiado cibaeño para saber que el país era algo más que una república de ideas, que su norma y destino era el color.

No imaginé nunca que estaría escribiendo estas palabras en su memoria, porque no me imaginé nunca a un Santiago de los 29 Caballeros (él era el 30avo.) sin él.

Hoy quiero darle las gracias por su amistad, por su amorosa complicidad, por su gigantesco aporte a las artes plásticas en los ocho tomos que compiló de la manera más profesional y erudita que conozco en República Dominicana. Estudiarlos, gracias a la película República del Color, fue tomar un curso intensivo de historia de la cultura dominicana, y desde luego de la Plástica.

Que la Virgen de la Altagracia, de la cual era tan devoto, lo acompañe en su tránsito hacia la luz.

El Nacional

Es la voz de los que no tienen voz y representa los intereses de aquellos que aportan y trabajan por edificar una gran nación