Somos beneficiarios y testigos privilegiados de las primeras luchas de Danilo Santiago como promotor de los más elevados valores políticos en una izquierda aun perseguida y proscrita. Deportista exitoso, guía espiritual y estudiante meritísimo. Éramos niños en busca de héroes. De hombres representativos. Por eso, cuando jugábamos voleibol o basquetbol queríamos ser como Danilo. Buenos estudiantes como él, caballerosos como él, combatientes como él, nobles y sencillos como él. Atento y solidario como él. Hasta vestir como él o parecernos a él. Gallardo y bien parecido, sin ser arrogante ni presumido.
Dirigió, por decirlo de alguna forma, la pléyade de jóvenes que tomaron la rienda de la sociedad esperanceña, activo motor de valores humanos esenciales. Sobre ellos recayó la responsabilidad de abrir el club cultural y recreativo Alegría Juvenil con un boletín mensual llamado Guajana. La flor de la caña, símbolo sublime de la producción azucarera, representaba también el vigor de un pueblo en marcha.
Con la Iglesia Católica se acometió la tarea de unificar a la familia dominicana, amenazada seriamente por el germen de la división. Los padres Bisonó y Pérez jugaron un importante papel convocando fuerzas y virtudes a favor de la confraternidad y la unidad. La participación de Danilo fue determinante.
Un paradigma para quienes teníamos, entonces, la necesidad de un modelo a seguir. La historia se había encargado de restar valor a los grupos aferrados al poder. Agotada una etapa singular en la que, con su concurso, fueron rescatadas las fiestas patronales, las competencias de béisbol, voleibol, básquetbol, carrera y boxeo, Danilo partió con sus triunfos locales a conquistar otros galardones, esta vez profesionales, familiares y económicos. También en este ciclo de su vida se mantuvo como un incansable luchador político, aferrado a las causas más justas y al amor y entrega por Esperanza, su lar nativo. Su muerte, convoca a sus compañeros de luchas, amigos unidos en un sueño truncado, pospuesto acaso hasta ahora, cuando nos toca honrar su memoria imitando su ejemplo. La de un auténtico revolucionario sin doblez.
