El expresidente de Estados Unidos, Barack Obama, dio en el blanco al plantear que su país enfrenta un duro desafío de revertir la propaganda de Donald Trump sobre «locas teorías de conspiración», lo que para lo único que ha servido es para exacerbar las divisiones entre los estadounidenses.
Al poner en circulación, el primer tomo de sus memorias, «Una tierra prometida», Obama señaló que esa polarización de posturas se ha vuelto mucho más profunda que en el 2016, cuando Trump fue elegido presidente de Estados Unidos.
Desde aquí podemos decir que detener la polarización en un país cualquiera del continente americano no puede dejarse únicamente en manos de las decisiones de los políticos, sino que requiere cambios estructurales en el que el mejor activo será la opinión de la gente, escucharla y buscar puntos comunes basados en realidades, tal y como lo planteó en su momento el doctor José Francisco Peña Gómez en medio de la crisis post electoral que tuvo República Dominicana en 1994.
Al parecer, los estrategas de Trump siempre pensaron que el éxito republicado radicaría en la capacidad que tuvieran para dividir la sociedad estadounidense, para lo cual usaron como soporte Twiter y otras redes sociales. Obama logró unificar con ellas, pero excepto en la película El Padrino, las segundas partes nunca han sido buenas.
Aunque para algunos analistas estadounidenses la derrota de Trump, primer presidente que pierde la reelección en los últimos 28 años, estuvo motivada por la forma torpe de como manejó la crisis sanitaria provocada por el coronavirus, pero desde mi punto de vista eso es sólo una parte de la historia.
La realidad es que antes de la pandemia del coronavirus, en febrero de este año muchos estadounidenses estaban agotados de los actos de Trump, incluidos sus interminables tuits ofendiendo a todos los sectores, rabietas y el permanente delirio sobre teorías de conspiración.
También las batallas mezquinas en las que parecía deleitarse, mientras el caos reinaba a su alrededor, a lo que hay que sumar su inclinación por mentir de manera habitual, algo que tradicionalmente la sociedad estadounidense ha rechazado y condenado.
Pero a mí juicio, lo que le puso la pata al pomo, como decimos por estos lares, fue su descarado desprecio por las reglas, normas, leyes e instituciones básicas de la democracia. Y, quizás lo peor de todo, sus desagradables y divisivas apelaciones al racismo y a una supuesta supremacía, en un país con una alta incidencia electoral de negros y latinos.
Por: José Antonio Torres
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