A todos los que ingresaron al Partido de la Liberación Dominicana (PLD), luego de que esa organización decidiera dejar de ser un partido de cuadros para convertirse en uno de masas, acabando así con los círculos de estudio, su férrea disciplina y el respeto irrestricto a los métodos de trabajo, les convendría hacer un esfuerzo colectivo y conocer a fondo la historia recorrida por las dos principales fuerzas políticas del país en las últimas tres décadas del siglo pasado.
Así entenderían la calamitosa situación que hoy presenta tanto el Partido Revolucionario Dominicano (PRD) como el Partido Reformista Social Cristiano (PRSC).
Ese ejercicio podría ayudar a los morados ahora que están inmersos en su Octavo Congreso Comandante Norge Botello, para evitar que las ya evidentes ambiciones, desesperaciones y escalamientos, muy típicos entre los seres humanos, terminen conduciendo a la organización creada por don Juan en una más del montón.
Y créanme que quien escribe, modestia aparte, se siente con autoridad moral y partidaria para hacer la exhortación, puesto que desde la fundación del partido nunca ha cogido vacaciones y siempre ha estado de cerca en todos sus procesos.
Hubo un tiempo en que PRD y PRSC se disputaban el favor del electorado. Eso sucedió después de las elecciones del año 1966 con la llegada del doctor Joaquín Balaguer al poder. Entonces se estableció, producto de la política represiva llevada a cabo por el PRSC, una lucha a sangre y fuego con el PRD y la izquierda dominicana.
Los procesos electorales de los años setenta y ochenta tuvieron como protagonistas a esas dos fuerzas. Ellas lograron convertirse en dos auténticas maquinarias políticas-electorales, organizaciones de masas, en donde la cantidad era mucho más importante que la calidad.

