Ya sabemos que el hombre es un ser social por naturaleza. Que le gusta vivir en paz, que busca permanentemente la felicidad y el bien común para los suyos y toda la sociedad en sentido general.
Y la paz, la felicidad y el bien común, a ojo de buen observador, les corresponde al Gobierno proporcionarla en aras de que el sistema democrático no se vea compelido a recibir andanadas de criticas que fácil podrían encadenar movimientos subversivos en contra de una gobierno democráticamente elegido.
¿Y que es una crisis?
Una crisis, en término sencillo, no es más que el desarrollo de una situación difícil que normalmente termina convirtiéndose en un verdadero fastidio, momentáneo o prolongado, para quien resulte víctima de ella.
Y hasta donde tengo entendido, partiendo de razonamientos lógicos, a ningún ser humano, sin importar el lugar que ocupe en las relaciones de producción, le gusta vivir de crisis en crisis.
No importa que está sea de carácter personal, familiar, económica, de salud, o nacional. Todo lo contrario, siempre hace el esfuerzo por vivir en paz y estabilidad con su entorno, asegurando a su núcleo familiar y llevando en orden, como Dios manda, su precaria contabilidad artesanal para no endeudarse más de la cuenta y entonces no poder pagar a tiempo las deudas contraídas.
Ahora bien, cuando hablamos de nacional nos referimos a crisis provocadas por desastres de la naturaleza, a crisis bancarias y financieras, a crisis de inestabilidad social o política, a crisis de gobernabilidad o alto parecido. Que en el caso que nos interesa, también existe la crisis provocada por un déficit fiscal.
¿Y que debe hacer un Gobierno acorralado por un déficit fiscal?
Todos sabemos que un Gobierno tiene serios problemas cuando es poseedor de déficit y altos gastos. Y que una de las funciones fundamentales de todo Gobierno es la ejecución estable, en término presupuestal, de todos sus proyectos dirigidos al crecimiento y desarrollo de la sociedad.

