SANTIAGO. No se esperaba que Roma, que en una orgía de violencia torpe, borró de la faz de la tierra a los etruscos, sus mentores culturales, les concediera compasión a los conquistados tras arrasar ciudades y pueblos y naciones enteras, en procura de mostrarse eficiente y musculosa.
Pero el orgullo es una calamitosa voluntad de autoridad que muere con los años.
En lo único que han cambiado ligeramente los imperios es en la propensión a alimentar a esas aves raras, las paradojas, con el alpiste del placebo ideológico y la disposición a ayudar cuando precisamente, hay muy pocas ayudas realmente desinteresadas en el mundo. Quien da aunque sea una cáscara de guineo espera aunque sea un saludo de gracias.
El interés es mostrar la grave eficacia compasiva a la hora de la tragedia ajena.
No estaría de más que se iniciara una urgentísima reforestación de Haití, ahora que se han dado condiciones objetivas para hacerlo.
Hay naciones poderosas que actúan en un escenario ilusorio y sorprendente como si fuese posible triunfar sobre las leyes del cambio.
Estados Unidos, por ejemplo, se vuelca en una impresionante solidaridad con Haití, dolido de viejas y nuevas catástrofes.
Lo que ha conmovido al mundo no puede ser ignorado por quien tiene recursos abundantes y se de al lujo de convertir lo útil en desperdicio.
(Por cierto que esas personas de Estados Unidos que hoy guardan prisión por intentar salir con niños huérfanos desde el devastado Haití no tienen el sello, la marca de los asaltantes de oportunidades para despojar en medio de la confusión, aunque le pareciera eso al sentido común y lo más probable es que actuaran de buena fe, por razones de una ética religiosa que no llegó al trámite por razones comprensibles).
Mas su presencia en Irak y Afganistán no son menos desastrosas que unos cuantos terremotos naturales o inventados.
La secuela, las ondas expansivas de esa guerra en que se desangra la inocencia en procura de un objetivo que parece imposible se mantendrá vigente por décadas.
Es la secuela dolorosa de una conquista petrolera muy bien planificada como para que la detuviera la mentira impiadosa de unas armas de destrucción masiva que como estrategia o no tuvieron a bien disimular la infamia.
Los estadounidenses sinceros sienten vergüenza de algunos de sus presidentes, instrumentos dóciles del enorme comercio de armas y de las petroleras.
Traer la enfermedad que mata y la cura en la mochila y a sus espaldas es lo último en el marketing de la eficacia más o menos bien estudiada.
Crueldad y caramelos no desentonan y todavía se puede jugar con la inocencia.
El segundo sustrato paradójico de esta saga con Estados Unidos es que Bush lo hizo mejor para América Latina al no comprenderla y olvidarse de ella.
Sus planes de guerra no comprendían la inserción de una región que no tiene nada qué buscar en otro ámbito lejano del mundo salvo enviar sus soldados a las bocas de las cañoneras de esos enemigos que Estados Unidos necesita para mantenerse a flote.
Obama sí le presta atención a Latinoamérica a través de nuevos halcones con olfatos de primera.

