Opinión

DE SALUD Y OTRAS COSAS

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El término corrupción proviene del vocablo latino “corrumpere”, que quiere decir “echar a perder”.

Muchos términos se han utilizado como sinónimos: alteración, descomposición, depravación, perversión, putrefacción, vicio, soborno, etc.

La corrupción es un fenómeno político, social y económico mundial que la opinión pública percibe como el enriquecimiento  ilícito  utilizando los recursos y los resortes del poder.

El fenómeno es tan antiguo que en la Grecia clásica Deniostenes fue acusado de malversación de los caudales públicos.

En Roma, Cicerón criticó como práctica corrupta el pillaje de los pueblos conquistados y la dilapidación de los bienes del Estado.

Platón  afirmó que: “Los servidores de la nación deben prestar servicios sin recibir presentes”. Aconsejaba a los funcionarios de la época: “No hagas ningún servicio  por un presente”.  “Presente” aparece como sinónimo de regalo.

En la China antigua se le daba a los funcionarios un suplemento extra llamado Yang-Lien, que quería decir: “fomentar la anticorruptibilidad”.

En el siglo XIV, Abdul Rahman escribió que  “la causa fundamental de la corrupción era la pasión por la vida lujosa dentro del grupo gobernante”. Más adelante señalaba que los grupos gobernantes recurrían a tratos corruptos, entre otras cosas, para afrontar los grandes gastos del lujo y del derroche.

En la Francia de Luis XV se produjeron escándalos de corrupción desde el Gobierno por la especulación con el trigo.

El que sea una costumbre tan antigua en el sector de los gobiernos y también en el ámbito de lo privado no justifica el nivel que la cultura de la corrupción ha alcanzado en nuestro medio.

La corrupción se nutre de la habilidad de determinados personajes incapaces de “sentir culpa” cuando roban; de la existencia de una exoneración judicial segura y que se compra y, por supuesto, de un sistema burocrático lleno de complicidades para ocultar, falsear información y capaz de generar distorsiones tan “perfectas” para disponer de dineros ajenos, que los mecanismos electrónicos de inteligencia son incapaces de detectar testaferros, de perseguir cheques emitidos con conceptos dudosos y el tráfico de sobres con sumas millonarias de dinero en efectivo, que no deja huellas, pero que sí daña.

El circuito lo constituyen un corruptor, un receptor o cómplice y un sistema favorable.

El país está tan dañado en sus valores, que el buen funcionario debe parecerse a la cotorra, que “pica y deja caer la borona”.

El Nacional

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