Parte II
Más sobre Honorarios Médicos.
¿ cómo se mide el costo de un servicio de salud?
Los llamados servicios públicos o de patronatos que no implican gasto alguno por parte del usuario, el común de la gente no los valora y mucho menos los aprecia.
En Cuba con todo el peso de la Revolución en logros de salud, un reducido número de médicos cobraba consulta en sus hogares de forma discreta, por allá por el 1980.
Se mide el tiempo empleado: a un psiquiatra le toma una hora ver a un paciente cuando su vecino de oficina, un pediatra, ya lleva cinco consultas.
Un neurocirujano que abriendo el cráneo, a veces, le toma seis horas extraer un tumor.
El dramatismo de la intervención: Un paro cardio-respiratorio en donde el intensivista trae a la vida a un moribundo, no es igual que un patólogo observando una lámina al microscopio.
El lugar de la acción: soy testigo de médicos trasladarse en un coche tirado por un caballo a realizar un parto hogareño en los años 50 en mi natal San Pedro de Macorís. Quiero decir que el servicio a domicilio tiene un costo adicional.
El paciente de “bola” que es un denotativo, que no utilizo, crea un círculo estrecho de beneficiarios cada vez más reducido:
Madre de Médicos, esposas de médicos, galenos, hijos menores de edad de los médicos etc. Son exonerados del pago de honorarios.
Paradójicamente el paciente rico relacionado con el médico o de cierta relevancia política y social “no se le cobra”.
En el entramado social se crean vínculos que disminuyen los costos del acto médico, por ejemplo “el amigo de infancia”; “el compadre y sus familiares” y las más diversas filiaciones.
El filántropo don Antonio Zaglul me dejó parte de sus pacientes cuando se fue a Europa a hacer carrera diplomática y les cuento esta anécdota: “Doctor, el Dr. Zaglul no me cobra , me da las medicinas en muestras y me tira algo para el pasaje”…
Existen compensaciones diversas y los gestos de agradecimientos simbólicos: “Doctor le hice sus habichuelas con dulce con azúcar de dieta como a usted le gustan”…
Pañuelos, corbatas, gemelos, bolígrafos e infinidad de objetos hacen que el ego del galeno se sienta compensado. Tengo por norma ponerme de inmediato el obsequio, incluidas las chacabanas que en el trópico sustituyen en ocasiones, el saco y la corbata.
Trampas como los cheques sin fondo; las tarjetas de crédito virtuales y el paciente que se declara insolvente al salir de la oficina y no detenerse al pago, son las piruetas por todos conocidas.
Examinar y resolver el problema que presenta un paciente y no cobrarle es un acto de amor.
En la época del cierre y quiebra de financieras consulté por un año a un ejecutivo que terminó siendo mi amigo después de una profunda depresión. Nunca le cobré.
Enterado por la prensa, de mi asistencia a un congreso en Europa, cubrió mis gastos sin que yo pudiera retribuirle su dinero.
Cuando regresé me expresó: “Volví a la vida gracias a usted, pues cuando creí que el suicidio era la única salida, usted abrió luz en mi túnel oscuro y ahora soy rico de nuevo”…
