Trujillo no dejó de ser un dictador por las cosas buenas que hizo. Lo dolorosamente triste es que la democracia lo reivindique a cada momento. Si Trujillo apeló al crimen para conculcar las libertades, la democracia se ha valido de los mismos métodos, unas veces más sutiles, con el mismo propósito de una élite disfrutar del poder.
Secuestrar la conciencia del individuo puede incluso que sea más grave como crimen, porque envilece, que la muerte física. La gente debería reflexionar cómo es posible que a estas alturas la deuda pública supere los 16 mil millones de dólares, sin que el país tenga resuelto problemas de electricidad, agua potable, carreteras y caminos vecinales, salud y educación, por sólo citar las demandas más comunes en las protestas populares. Por esa deuda, sin hablar de los presupuestos que han administrado sin controles los diferentes gobiernos, no ha habido una sola persona siquiera interrogada.
A la muerte de Trujillo esta nación no debía un centavo a nadie, se enorgullecía de contar con el principal central azucarero del mundo, con politécnicos como Loyola, educación obligatoria y de calidad y hospitales que servían a la población. Hasta la vagancia estaba penalizada. Y si antes no existían más leyes que las del dictador, en la democracia tampoco se cumplen. Pese al orden y las realizaciones no puede ser bueno un régimen, como la dictadura trujillista, que se apoye en el poder personal, el crimen y el terror para controlar el poder. Al no sepultarlo, y superarlo siquiera en el campo de libertades y derechos, la democracia se ha ocupado de mantenerlo vigente. Muerto Trujillo los diferentes gobiernos que se han disputado el poder no han sido capaces siquiera de preservar las empresas y centrales azucareros que legó al Estado. Como todavía se condena el pasado para justificar el presente, el balance de Trujillo a la fecha sugiere muchas interrogantes.

