La democracia en Honduras pasará a la Historia como un intento fallido. El Golpe de Estado contra Zelaya en junio fue la estocada mortal. No han servido las protestas de la comunidad internacional para sacar a los golpistas, amparados como están por una especie de fuerza oculta que les da ánimo.
Estados Unidos, que pudo haber influido desde el principio en una salida honorable, se mostró tímido ante ese hecho abominable. Un poco más tarde, presionado por los acontecimientos, envió delegados para que se encargaran de buscar algún tipo de fórmula salvadora, pero nadie sabe en realidad qué ocurrió tras bambalinas. El presidente de Costa Rica, Oscar Arias, no pudo lograr un entendimiento. La OEA tampoco.
Uno pregunta qué pasará después que los golpistas pongan trabas al acuerdo que firmaron con Zelaya, asilado en la embajada de Brasil en Tegucigalpa. Los golpistas, en lugar de permitir que un Congreso independiente ratificara el acuerdo y restituyera a Zelaya, lo que han hecho es insistir en el montaje de elecciones con un gobierno dizque de unidad nacional. Estados Unidos, algo insólito, dice que apoyará esas elecciones, como si las que llevaron al Poder a Zelaya hubiesen sido una farsa.
Es sintomático el silencio de muchos países de la región ante el caso Zelaya, al que antes respaldaban con inusitado entusiasmo.
Uno se pregunta si es que los líderes de esos países temen que les pase lo mismo, en lo que podría ser una nueva versión de los golpes militares que azotaron a América Latina en el recién pasado siglo.
La República Dominicana tiene una amarga experiencia en ese sentido, pues su presidente legítimo Juan Bosch fue derrocado en 1963 y todos sabemos lo que pasó dos años después: una guerra civil y una intervención extranjera, con su secuela de miles de muertos y humillaciones a nuestra soberanía.
No tenemos una bola de cristal para predecir lo que sucederá en Honduras y otros países ante este proceso democrático contaminado por la pobreza creciente, la corrupción y la criminalidad en todos los sentidos. Pero sí debemos recordar que la Historia tiene unos mecanismos infalibles para repetirse, de manera que todo puede ocurrir a partir del golpe militar en Honduras.
Si la OEA no funciona, cabría preguntar cuál es el sentido de su existencia. Sus fracasos le dan la razón a Cuba, que se negó a retornar al seno de dicho organismo regional, al que siempre ha llamado ministerio de colonias, frase muy dura de los años sesenta, pues hay numerosos países latinoamericanos que no son colonias, ni sirven incondicionalmente a los poderes hegemónicos mundiales.
En vista de la situación planteada, es innegable que la OEA necesita una reingeniería interna, un ajuste que pueda garantizar que los Gobiernos elegidos por sus respectivos pueblos no sean objeto de nuevas burlas.
