Opinión

Del decir al hacer

Del decir al hacer

Hace días participé en una discusión en torno a si debe establecerse una diferenciación entre lo que alguien pueda decir y lo que han sido sus hechos al momento de concretizar sus postulados.

 Soy un acérrimo defensor de que es necesario deslindar los campos, no mezclarlos. Hay que dotarse de la paciencia requerida para intentar valorar de forma separada el mensaje del mensajero. Podemos tener prejuicios respecto a una persona, lo cual puede ser prejuicio negativo o positivo, y debemos hacer lo posible por emitir juicios de valor sobre lo que esa persona alega, sin dejarnos influir por esos condicionamientos.

 Hay que comprender que, al margen de quien pueda ser el sustentante de una posición, su criterio puede ser rescatable y sería mezquino no reconocer la valía del comentario por la ausencia de calidad de quien lo esgrime. Eso es actuar sin objetividad.

 Ahora bien, nada de lo anterior le resta mérito a la coherencia. Es innegable que pierde fuerza un buen argumento en la voz de una persona que no avala con su conducta lo que está sosteniendo. Siempre será incontrovertible que la mejor manera de decir es hacer, como bien decía el apóstol cubano, el tan repetido y poco imitado José Martí. Si los hechos contradicen las palabras, entonces el hacer no permite escuchar el decir, como siempre me recuerda mi amigo Paulo Herrera.

Esa incoherencia ha estado en el centro de las decepciones que hemos sufrido en este país a causa de  tantos dirigentes que nos han prometido el cielo con sus discursos y nos han entregado el infierno con sus acciones. Si un 50 por ciento de lo que han dicho se hubiese traducido en la realidad, esta nación fuera al menos una potencia en América Latina y no esta exposición penosa de cifras raquíticas que nos colocan a la zaga de todas las mediciones de las variables que prueban el desarrollo.

Bastaría una muestra de cómo se han vendido para comprobar que han sido lo contrario. Trujillo, con su estela de muertes y saqueos, decía que no había peligro en seguirlo;  Balaguer, con su rosario de crímenes y terror, era la paz;  Salvador, el hombre de las manos limpias y las órdenes sucias; Guzmán, el cambio que dejó todo igual; Hipólito, el hombre de palabra que no asumió una sola; y Leonel, negando el 4%, dice que la educación es el paradigma del desarrollo. ¡Incoherentes!

El Nacional

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