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Desactivar la bomba

Desactivar la bomba

Ramón Rodríguez

En países como el nuestro, donde los presidentes pretenden desplazar al mismo Dios, se crea un ambiente de culto a la personalidad, formando una barrera que impide a los ministros o asesores del gobierno, tener la autoridad de decir dos o tres verdades a su nuevo Dios.

El 16 de agosto del 2016, el presidente Danilo Medina asumió su segundo mandato, con una popularidad que bordeaba el 70 por ciento, sin embargo, su círculo íntimo, abrazó la idea de buscar un tercer mandato, con todas las implicaciones y los riesgos de dividir al Partido de la Liberación Dominicana.

Todo estuvo calculado. Sabían que Leonel Fernández se iría, pero los asesores jurídicos, daban plena garantía, de que no existía la mínima posibilidad de que éste pudiera presentarse como candidato.

Ahí estuvo el fallo, el punto de inflexión de todo lo ocurrido. Con la entrada de Leonel a la contienda electoral, el presidente Medina, tenía el mismo futuro que Adolf Hitler, cuando los Estados Unidos entraron a la segunda guerra mundial: perder.

Yo no sé cuándo podría comenzar a ‘’joderse’’ este nuevo gobierno, lo que sí percibo, es que Luis Abinader, ha dado señales claras de que no habrá borrón y cuenta nueva y quiere que la transparencia y la decencia, sean el norte de su gobierno.

Sabemos que vivimos sobre una bomba de tiempo. Desesperanza, pánico generalizado, pandemia de la covid, crisis sanitaria, pérdida de empleos, un año escolar en veremos, en fin,un escenario donde estamos obligados a ayudar a desactivar esa bomba.

Es bueno que los jóvenes ministros y asesores de Luis Abinader, conozcan este pasaje de la historia, para que forjen su carácter. El gran Talleyrand, consejero de Napoleón, contradijo en una reunión, el punto de vista de su jefe, Napoleón lo miró fijamente y le respondió: ‘’Usted es un montón de estiércol forrado en una media de seda’’.

El diplomático sólo atinó a decir: ‘’ Qué lástima que un hombre tan grande sea tan mal educado’’
Hay que atreverse a decir las cosas que los presidentes no quieren escuchar.

Por: Ramón Rodríguez
centrodeidiomaswashington@gm

El Nacional

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