Mientras una tarde cualquiera de 1911 nacía en Santiago de los Caballeros, Poncio Pou Saleta; dieciocho años más tarde, en 1929, ocurría un hecho similar en Cacomún, provincia de Holguín, Cuba, llegaba al mundo Delio Gómez Ochoa, pero como para conformar el triángulo de la dignidad, siete años después en Bonao, en 1936, la joven Isabel Vargas alumbró al niño Mayobanex Vargas.
Años más tarde, los tres coincidirían en Cuba en el noble ideal de encender la llama augusta de la libertad del pueblo dominicano, y cinco décadas después son los únicos sobrevivientes de la gesta heroica y patriótica de los desembarcos guerrilleros de Constanza, Maimón y Estero Hondo, que marcaron el inicio del ajusticiamiento y caída de la dictadura de Rafael Leonidas Trujillo Molina, quien oprimió a más de un millón de dominicanos durante 31 años.
«Era domingo, yo me levanté muy temprano en la casa de un campesino donde habíamos dormido el comandante Enrique Jiménez Moya y yo, al pie de la Sierra Maestra», recuerda Delio Gómez Ochoa el amanecer de aquel glorioso día 14 del mes de junio del año 1959. Hace hoy exactamente 50 años.
«Dormimos en una vivienda de la Colonia del Porvenir, en la comunidad El Aguacate, en el oriente de Cuba. En la mañana, Enrique y yo, estuvimos juntos en la despedida de los que partían en los yatecitos, que eran más de 140″, sigue narrando el comandante Gómez Ochoa para agregar: Luego nos dirigimos a un lugar llamado La Cieneguilla, donde se encontraba el avión C-46 que los trasladaría a las montañas de la República Dominicana».
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La gesta de Constanza, Maimón y Estero Hondo marcó el inicio del fin de la dictadura de Trujillo.
En otros países latinoamericanos los asesinos, fueron a juicio y condenados, bajo la consigna de Nunca más.
Hoy requerimos de ese ejemplo moral que penalice el crimen, como han hecho otras sociedades.
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Eran las 6:20 de la tarde de aquel domingo radiante, cuando el comandante Ochoa ordenó el aterrizaje del avión en el aeropuerto de Constanza, produciendo el primer combate entre guerrilleros y militares, y al mismo tiempo la primera victoria armada de la democracia frente a la dictadura.
Sin embargo, el grupo que había salido en las dos barcos no llegó esa noche, como se había programado, sino cinco días después, lo que permitió a las fuerzas trujillistas, auxiliadas por campesinos, diezmar al grupo de revolucionarios que llegó por aire.
Aunque esta expedición no tuvo el éxito militar esperado marcó el proceso que culminó con el temor que desde 1930 se había impuesto a los dominicanos. Fue imposible para el régimen de Trujillo silenciar las informaciones que corrían de boca en boca dando cuenta del desembarco guerrillero para derrocar la dictadura.
Cincuenta años después, Mayobanex Vargas no pudo disimular las lágrimas de nostalgia que corrieron por sus mejillas al entrar mausoleo levantado en el Centro de los Héroes en memoria de sus compañeros caídos.
Pero su voz no se acalló y exclamó: Todo lo dejamos atrás pensando en nuestro pueblo, conscientes del sacrificio, pero alguien dijo que para que los pueblos sean libres necesitan el sacrificio de sus mejores hijos y eso hicimos para que el pueblo recogiera esa sangre derramada que rindió sus frutos, porque germinó la semilla de la libertad de nuestro pueblo.
De su lado, Gómez Ochoa resaltó que en la historia permanecerá la huella de los que lucharon sin llorar ni arrodillarse ante la fuerza de un tirano como Trujillo. El pueblo dominicano tiene capacidad e inteligencia suficiente para evaluar los frutos de esa lucha, expresó.
El héroe cubano dijo que ese acontecimiento fue el mejor ejemplo de cómo los dominicanos de la época, los más honrados y honestos que estaban fuera del país tuvieron la capacidad de ponerse de acuerdo y unirse, darlo todo y cuando no quedaba más ofrendaron su sangre en aras de la libertad de su pueblo.
Para Pou Saleta, las metas que se trazó la expedición son evidentes en la actualidad ya que gracias a esa iniciativa hoy se puede hablar libremente en el país, exponiendo ideas afines o no a los gobiernos de turno.
Sin embargo, igual que en 1959, volvieron a coincidir en que la mayoría de los problemas sociales que motivaron el desembarco del 14 de junio persisten, resaltando la deficiencia en el sistema educativo y el área de la salud.
Indicaron que a pesar de los avances democráticos en los últimos 40 años, todavía en el país mueren personas por falta de medicamentos en los hospitales, el analfabetismo alcanza el 15%, y las oportunidades de los jóvenes se esfuman como las espumas que producen las olas marinas.
Además de Pou Saleta y Gómez Ochoa y Mayobanex, sobrevivieron Francisco Medardo Germán, quien murió de problemas de salud, y el jovencito cubano de sólo 15 años de edad, Pablito Mirabal. Luego de dos años presos en la horripilante cárcel de La 40, Mirabal y Gómez Ochoa salieron del país el 9 de junio de 1961, diez días después de la muerte de Trujillo.
Otros sobrevivientes fueron Gonzalo Almonte Pacheco, secuestrado y asesinado después de que pregonó en Villa Juana que era uno de los barbudos. En el caso de Pablito Mirabal llegó a teniente del Ejército cubano y en 1969 murió al ser alcanzado por un rayo cuando paseaba con su novia en un parque de la Habana.
Los demás participantes en la invasión cayeron en el frente de batalla o fusilados en la Base Aérea de San Isidro, por disposición del jefe del Estado Mayor de la época, general Rafael Leonidas Trujillo Martínez (Ranfis), hijo mayor del dictador.
Sin embargo, la justicia que la sociedad debió haber hecho después de la muerte del tirano, se pospuso por la falta de voluntad política, complicidades y mediatización del proceso, impidiendo que se sentaran las bases del saneamiento moral de la sociedad con lo que se perdió la oportunidad de crear una conciencia firme en la administración de castigos, que disuadiera, por la fuerza del ejemplo, la repetición de arbitrariedades y comisión de crímenes. Todavía hoy requerimos de ese ejemplo.

