Las fuerzas vivas del país, esas que trabajan para salvar la soberanía nacional, tienen que tener la claridad mental de que el país está bajo amenaza local e internacional a juro de que tanto el territorio, los recursos y todos los servicios sean puestos a disposición casi total de la migración haitiana. Los recursos dominicanos no alcanzan para dos países, y aunque así fuera, no es procedente. Es la comunidad internacional y los adinerados de Haití, quienes tienen que cargar con ese Estado fallido.
Los hechos están demostrando que hay que elevar la preocupación sobre todo aquello que atente contra nuestra herencia cultural, y espiritual plasmada desde su origen: el lema de Dios Patria y Libertad, la invocación, el “Juramento Trinitario”, invocando la “Santísima y augustísima Trinidad”, colocación del Evangelio de San Juan, en el centro del Escudo Nacional.
Estos son hechos históricos que están en el origen de nuestra nación como soporte espiritual que gravitó sobre ella. Esto no interesa a los enemigos del país, pues solo buscan resolver la situación de Haití, y en función de esto, deshacer historia, cultura, costumbre, leyes migratorias, activos intangibles, no sustituibles con gotas de dinero de la ONU.
Por encima de la incredulidad de algunos, vinculo esa espiritualidad con la sorpresiva decisión del presidente Danilo Medina de no firmar los Pactos de la “Migración Segura”, y el de los “Refugiados”, a pesar de que ambos documentos (de la ONU) ya habían sido secretamente estudiados y firmados de intención. Frente a la posibilidad de que el gobierno firmara estos Pactos, el país vivió momentos de tensión y de miedo, mas la atinada decisión del presidente, de no firmarlos, devolvió la paz y la esperanza a casi todo el país.
La unidad y la presión de sectores nacionales opuestos a que el gobierno diera un si definitivo, hizo variar la respuesta oficial que significaría el paso hacia el abismo de la República Dominicana. Partidos políticos, instituciones de la sociedad civil, organizaciones nacionalistas, sectores de iglesias hicieron su papel, y deberán seguir haciéndolo. Con las firmas de ambos pactos el país se pondría un yugo que por si solo bastaría para no hablar de fusión, pues ellos son la fusión disimulada, un sueño acariciado por la traición local y Naciones Unidas.
Así los haitianos tendrían fácilmente la oportunidad de venir todos para “el lado prospero de la isla” y nadie podía impedírselo, y no necesitarían documentos, en cambios tendrían derechos casi absolutos. La conciencia nacional debe estar edificada en el sentido de que los sectores unificados contra el país: los entreguistas, prohaitianos y extranjeros, no van a cesar en su empeño. Pronto elaborarán nuevas formas o estrategias sutiles, engañosas para recuperar lo perdido, un ideal que parece ser su proyecto de vida.
