Carlos Morales Troncoso, su yerno y dos de sus hermanos, llevan 8 años despachándose con la cuchara grande en la Cancillería, y los votos que tengan en los bolsillos se contabilizan desde entonces entre los morados. Muestra de ello es que, mientras nuestro país tiene acreditadas en Canadá y en Haití 46 y 64 personas, respectivamente, esos países tienen aquí 8 y 6 miembros de su servicio exterior.
Es obvio que el respaldo de Morales y sus parientes es tan nominal como infectivo, igual que el de Chato, Vanderhorst, Genao, Johnny Jones y otros que hace años juraron lealtad al PLD a cambio de cargos públicos. Lo mismo no pudiera decirse de José Enrique Sued, Sergia Elena, Osiris de León, José Antonio Guzmán Álvarez, Pedro Bretón, Noé Sterling, González Pantaleón, Taveras Guzmán y Guillermo Caram, quienes, además de no haber estado ni cerca del PRD en el 2004 ni en el 2008, nunca han ocupado posiciones por el dedo del presidente Fernández.
Del respaldo de Amable Aristy a la candidatura de Hipólito huelga cualquier juicio de valor, porque sin tener proyecto político ni la nómina de la Cancillería, aventajó a Morales en las mediciones de preferencias que ha hecho la Gallup desde el 2009. Los peledeístas podrán reducir el impacto generado por el endoso de Rodríguez Pimentel alegando lo que fuese, y hasta que carece de base de sustentación política.
Sin embargo, ellos no pueden vanagloriarse diciendo lo contrario de los reformistas que están de su lado, porque hace tiempo que no suman nada. Y frente a los despojos de los colorados, responsabilidad exclusiva del PLD, el autor de este artículo confiesa que se siente hondamente apenado de haber vencido en el 2004 la tenaz reticencia a participar en aquel torneo electoral del único dirigente reformista que, además de Joaquín Balaguer, contaba con una cantera propia de seguidores.

