Opinión

Detrás del circo de Sobeida

Detrás del circo de Sobeida

Mientras andamos detrás de los glúteos de Sobeida Félix Morel, de la marca de su cartera,  de su sonrisa fingida, el país vive una realidad dramática por los niveles de pobreza y marginalidad.  El gobierno monta un espectáculo  alrededor de una mujer irreverente, sin más méritos que ser la amante ocasional de un capo. En medio de ese espectáculo, pretende meter  por debajo de la mesa medidas impositivas que contribuirán a empobrecer más a los dominicanos.

Desde un principio las autoridades le dieron más importancia a Sobeida que a Figueroa Agosto. Por ella daban una recompensa de un millón de pesos. Por él, ni un centavo. Fue luego, ante lo obvio, que colocaron al supuesto narcotraficante. De nuevo se olvidan de Agosto, preso en Puerto Rico,  a quien acusan de horrendos crímenes y delitos.

Lo que no hacen las autoridades, ni harán, es decirle al país cómo rayos ambos salieron del país. Lo que no dirán es quiénes son los funcionarios civiles y militares cómplices de Agosto. 

Sobeida es un caso menor. Las esposas o amantes de los narcos no son más que eso. Pero el gobierno está interesado en convertirla en una figura de primer orden. Ella es una mujer común y corriente con atributos físicos que nadie sabe si son fruto del bisturí.

Y mientras nos duerme entre los pechos y los glúteos de Sobeida, el gobierno pretende ampliar la base impositiva. Por fortuna los técnicos del PRD y de un sector empresarial han advertido sobre las consecuencias.  Hipólito Mejía, Miguel Vargas y Luis Abinader, han expresado su rechazo. Las organizaciones populares, incluyendo al sector más progresista del PRD, están dispuestas a llamar al pueblo a tomar las calles.

Al gobierno no le importa si Sobeida vive o muere. Ella es  un caramelo envenenado para darle al pueblo otra puñalada con el aumento de los impuestos.

El gobierno necesita dinero, porque el déficit lo está llevando virtualmente a la quiebra. Y quiere sacarlo de las costillas de un pueblo que no sabe distinguir entre un show de mal gusto y un acto de justicia verdadero.

El Nacional

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