La vida intelectual, ligada a las tertulias literarias, se esboza con el ánimo y el ingenio que se gesta en esos enigmáticos lugares de reunión de escritores y artistas.
En este caso, no es La Cafetera, el insigne local y entrada a las caballerizas de un antiguo palacio en el número 253 de la calle El conde, en el corazón de la Zona Colonial. Toda una institución, por donde han pasado virtuosos dominicanos.
Es un café bullicioso y añejo, de una populosa avenida de Madrid. El interior no es sofisticado pero comparte los albores de la modernidad y las reflexiones generacionales de antaño.
Allí, mientras los clientes habituales siguen con júbilo un partido en el Camp Nou, advierto la presencia de dos hombres de mediana edad que, entre lo tradicional y lo clásico, me saludan abiertamente con la mano. Forman parte de la diáspora literaria dominicana en España.
¿Hay una sola percepción del dominicano? Yo pienso que no. En la República Dominicana está el dominicano folclórico que defiende sus raíces, que defiende su cultura a rajatabla.
Luego está el dominicano ilustrado, el del grupo de la intelectualidad, el universitario que aspira a salir de las condiciones que tienen sus padres, porque en términos de pensamiento está más allá.
Y luego estamos nosotros, los que vivimos en la diáspora. Dominicanos en una lucha de hibridad, de asumir una cultura, la española, fusionando su modo de ver, pero que constantemente cambian porque ven diferentes perspectivas.
Un sentir literario que, en el caso de Daniel Tejada germinó en la comunidad rural del municipio de Puñal, para yuxtaponer escenas cotidianas con paisajes oníricos.
En el pueblo de la abuela, nos juntábamos para escuchar narraciones populares. Quedé atrapado por la trama de lo que luego advertí se trataba de Las mil y una noches.
También recuerdo los cuentos de los hermanos Herm Grimm, narrados por locutores españoles, que se emitían por Radio Santamaría.
Con frases cortas, imágenes plásticas y gran musicalidad, su primera décima consiguió despertar la admiración de sus profesores en octavo curso.
Cuando se graduó de Filosofía en la Universidad Autónoma de Santo Domingo fue consciente de que su vida estaba marcada por la literatura. Después, un viaje, Madrid.
Madrid me ha ofrecido la oportunidad de interaccionar con escritores rumanos, peruanos, españoles La preocupación por lo social y el existencialismo con un toque sartreano, sobre todo en poesía, son los elementos conductores que compartimos. Los escritores dominicanos que residimos en Madrid; Roberto García, Isidra Mejía no hemos nacido aquí. Nos une el desarraigo.
Yo creo que alguna de las producciones de los escritores se dirige hacia esa temática. Con la emigración se crea un sentir romántico de la idea de Patria, de los pequeños detalles de la cultura popular, de la familia A todo esto se le da una valoración romántica.
Bernardo Silfa Bor crece en la llanura litoral de la provincia de Azua. En su niñez es reacio al mundo de las letras pero el teatro y las poesías coreadas de los clubes le acercan a la literatura.
En San Juan de la Maguana estudia Magisterio y con los grandes clásicos, Pedro Mir y Manuel del Cabral desarrolla toda su sensibilidad. Cuando le destinan de maestro a la provincia de San José de Ocoa vive su primer desarraigo.
En la montaña, en medio de ninguna parte, sentí despersonalización, angustia, soledad, incomunicación. Aun así es más fácil ser escritor en tu tierra. En siete años sólo he publicado dos libros.
La condición de emigrante te hace dedicarte menos tiempo al oficio porque tienes que subsistir. Pero para mí, la poesía es una forma de vida.
Trabajé en una carpintería en Murcia y salía a las siete del taller con la misma ropa de trabajo, para llegar a tiempo a las reuniones literarias que se celebraban en el Casino Real de Murcia.
Cuando estoy sin los espacios que me brinda la literatura me siento mal. En una ocasión, montando muebles, el jefe me encontró escribiendo poesía en la mesa de faena.
Más allá de la corriente metapoética a la que pertenecen, y de su preocupación por inventar mundos, no se sienten identificados con ninguna generación.
Creo que el ejercicio de hacer literatura viene de un impulso cósmico que te obliga a crear posibilidades que el universo no ha podido crear.

