Al convocar los pueblos latinoamericanos a una rebelión contra la dictadura que ejercerían en la región los medios de comunicación, el presidente de Ecuador no ha hecho más que colocar sobre el tapete el papel de la prensa, sobre todo en un momento en que el buen periodismo parece en crisis. A diferencia de otros países donde la prensa ha sido condicionada por la corrupción, en Ecuador, para mortificación del presidente Rafael Correa, periódicos como El Universo reivindican el derecho a informar y opinar sin temor. Lo cual es bueno. Aunque Correa sea de los mandatarios de la región más honrados y comprometidos con las necesidades de su pueblo, la demanda por difamación e injuria que entabló contra el legendario diario, y que ganó, revierte sobre él su concepto sobre los medios. Y más cuando la indemnización de 40 millones de dólares y los tres años de prisión para los editores no se corresponden con la dimensión de la supuesta injuria. ¿Qué tan hiriente es que un periodista haya publicado que Correa ordenó disparar a discreción contra un hospital lleno de civiles, durante una sublevación policial, para demandar a un medio? Con el proceso Correa ha enviado un mensaje intimidatorio a la prensa ecuatoriana, y con su llamado a la rebelión contra la dictadura que según él ejercen los medios en la región pretende que los periodistas independientes, de los que todavía quedan muchos en todas partes, hasta en este país, se sometan a las ambiciones del poder de turno. La que en verdad debería rebelarse es la propia prensa contra presiones y prácticas ominosas para instalar la autocensura o, en su defecto, la siempre bien retribuida lambisconería. Lo peor que puede pasar a cualquier nación democrática es no contar con una prensa que, por cualquier razón, sea capaz de cuestionar a sus gobernantes, sin otras limitaciones que las que imponen las leyes.

