Resulta de gran significación conocer las potencialidades humanas del pueblo dominicano.
Los que en una u otra forma hemos tenido la oportunidad de incidir en la lucha social y política del país, sin buscar beneficios materiales, hemos podido comprobar, en la práctica, que los hombres y mujeres que constituyen lo que en verdad se llama pueblo, tienen un gran sentido de lo que es la solidaridad, la comprensión y la identificación con todo lo que signifique justicia.
En la conciencia de cada dominicano o dominicana está presente el sentido de lo bueno, hacer el bien, la búsqueda de lo íntegro y recto. Un conglomerado social portador de semejante comportamiento merece estar gobernado por un equipo humano que genere confianza plena.
Pero, lamentablemente, el pueblo dominicano no ha tenido la oportunidad de darse un gobierno que responda, en esencia, a sus reales y verdaderas aspiraciones de honradez, austeridad e integridad.
Parece ser que no está muy firme en la conciencia de la generalidad de los políticos dominicanos vinculados al sistema ser escrupulosos, decentes, honrados, correctos, insobornables a carta cabal.
Para comprender lo que hemos dicho anteriormente basta con lanzar una mirada retrospectiva con respecto a lo que ha sido el argumento del fenómeno de la corrupción. Después de la desaparición física de Trujillo, tres temas han sido manejados por los politiqueros como arma de lucha, como supuesta bandera de combate: el comunismo, el narcotráfico y la corrupción.
Pero en verdad no creen en nada de lo que han predicado. Del anticomunismo hicieron un tema para sacar beneficios y presentarse potables ante los Estados Unidos de Norteamérica. Cuantas veces han tenido la oportunidad de hacer alianza impúdica con los que están en la producción, consumo y tráfico de estupefacientes, la han hecho de la forma más descarada y ahora, en nombre de enfrentar la corrupción, se presentan ante las masas populares como muy honrados, probos, íntegros, como hombres y mujeres de bien, pero en el fondo son venales, indignos y deshonestos.
Los dominicanos y dominicanas requieren de políticos nuevos, renovados, con ideas que rompan con el presente y se ubiquen en el porvenir.
Los discursos de los políticos en el sentido de erradicar la corrupción como fenómeno inherente al sistema social imperante, para ser creíbles y convincentes tienen que salir de las gargantas de luchadores políticos y sociales en los cuales el pueblo pueda confiar por su conducta, comportamiento y actitud ante los problemas que históricamente han preocupado a los dominicanos y dominicanas y que todavía hoy no se han solucionado, no obstante los ofrecimientos y las falsas promesas.
Los que en nombre de adecentar la sociedad dominicana han prometido combatir la corrupción, han quedado muy mal parados. Han tenido que tragarse sus propias palabras; con su proceder han demostrado que lo mejor del pueblo tiene que buscar un cambio de dirigentes y partidos, por otros, diferentes, que tengan coherencia entre sus discursos y la práctica desde el poder político.

