Doña Julia murió el domingo pasado. Mal momento para morir, el de las elecciones. O quizás buen momento.
Digo mal momento, porque no hay tiempo para el espectáculo de los pésames. Y buen momento, porque se muere antes de que se posesione el desencanto nacional, sobre todo si ,como en el caso de doña Julia Álvarez, se ha vivido y luchado por el país desde la más absoluta discreción, aunque sea esa discreción la que la haya catapultado, a nivel mundial, como la pionera de los programas de envejecientes en todo el planeta y gestora del Día Mundial de los y las Envejecientes.
Doña Julia, como he escrito antes, observó las tendencias de envejecimiento de la población mundial y dijo que lo que se acercaba no era un «earthquake» (terremoto) sino un agequake, «edadmoto», y junto con su esposo, médico devenido en geriatra, lanzó a nivel mundial el alerta: ¿Cómo nos estamos preparando para este agemoto? ¿Dónde están los servicios para los y las envejecientes? ¿Dónde están los y las geriatras? ¿Y las carreras de geriatría en las universidades? ¿Por qué si enfatizamos la pediatría no vemos también a la ancianidad como un sector fundamental de la sociedad? ¿Por qué relegamos a una mecedora a la ancianidad si son el cúmulo de la experiencia, de la sabiduría, y si pueden asesorar a madres adolescentes, a la juventud con problemas y a la niñez en aprendizaje?
Y esas preguntas, enarboladas por la más gentil y en apariencia frágil de las dominicanas, cayó en oídos fértiles y el Brasil dio un paso al frente, y Norteamérica y La India, y los testimonios más lagrimosos que he escuchado en los homenajes mundiales que le rindió la ONU, y más conmovedores, fueron los de quienes compartieron con ella esta lucha, porque ella les sacudió la conciencia y el corazón.
Hoy, Argentina y Chile se disputan un liderazgo que ella creó para nosotros. Las observe, como las observaba el Brasil, con cierto dejo de humor, porque el liderazgo de doña Julia no estaba hecho de frases altisonantes o de fomentadas dependencias emocionales, sino de una tierna y firme persistencia en lo que creía, en lo que soñaba.
Mal tiempo para morir este, y buen tiempo para morir, porque no hay otro testimonio sobre la vida de esta grandiosa mujer que no sea el de las lágrimas. Esas silenciosas lágrimas de sus cuatro hijas, donde se conjugan las dos julias y todas las julias y julios del mundo.

