Opinión

Doña Monina

Doña Monina

“El evangelio hay que predicarlo constantemente, pero solo cuando es absolutamente necesario se debe expresar en palabras.” El planteamiento es de Francisco de Asís y, de aceptarlo, se conviene que Monina Cámpora se pasó la vida predicando el evangelio.

La forma como obsequió su talento y vocación para, a través de la enseñanza, rescatar al ser humano de la esclavitud cuando emerge a la vida, dejó una huella imborrable en San Juan de la Maguana.

Para conocer algunas razones por las que le pusieron su nombre a la Escuela de Bellas Artes de esta ciudad solo hay que leer los considerados del decreto-ley que produjo el Congreso y promulgó Leonel Fernández. Esa resolución no puede ser anulada por el Poder Ejecutivo, solo por otra igual surgida del Congreso.

La vida no termina, mucho menos cuando se ha dejado un legado que se inculcó en la esencia humana. Eso fue lo que dejó doña Monina en su peregrinaje por esta sociedad, y los ejemplos están vivos, con vida creativa pasando la antorcha de sabiduría a los que vienen sobre la base de la más pura manifestación del ser, el arte.

Por eso, aun cuando se cometa algún desafuero, la Escuela de Bellas Artes de San Juan de la Maguana se llamará siempre Hilda Cámpora Bello, doña Monina, porque fue ella quien, con  voluntad obstinada (obstinación que solo poseen los iluminados, destinados a entregar a los demás los dones que la naturaleza les confirió), la creó para que fuera faro de luz.

Ahora se está por inaugurar el Centro Cultural Maguana, del cual será parte la Escuela de Bellas Artes Hilda Cámpora Bello, doña Monina. Las razones para que ese Centro Cultural lleve el nombre de quien sembró la semilla que está floreciendo, son obvias. Negarlas sería mezquino.

El Nacional

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