Cuando conversábamos sobre la problemática educativa del país, mi madre me contaba que cuando iba a la escuela, en Santiago, solo había una intermedia, para toda la ciudad, la escuela México.
A esa escuela asistían todas las clases y, recordaba mami, había una directora excepcional, y un conjunto de maestras absolutamente correctas, nítidas, en dominio de sus materias, con una dicción perfecta. Me contaba que cuando una niña llegaba sucia, o despeinada, era llevada a la Dirección, donde la directora la aseaba mientras hablaba de la importancia de la nitidez en el aspecto personal.
Luego la Iglesia Católica creó el Colegio Sagrado Corazón y las niñas de clase media y alta emigraron para ese colegio, es decir, con los colegios comenzó la diferenciación de clases (hasta ese momento relegado a los clubes sociales) y quedaron en la escuela las maestras que no se pudieron ir.
Con la introducción de los colegios, comenzó el deterioro de la educación publica, porque además de que ya no tenía estatus enseñar en una escuela del gobierno, no había comparación en los salarios. Asi, la educación popular se fue volviendo paupérrima, como sus beneficiarios.
Paralelo a la privatización de la educación surgieron las demandas de mayor especialización y se creó la carrera de Educación en las universidades. Ya no bastaba el instituto de formación docente Emilio PrudHome, sino que había que tener un titulo universitario. Ahí se impuso otra dimensión de la diferenciación de clase.
Y vimos entonces que al magisterio público comenzaron a llegar las muchachas pobres, las mismas que estudiaban secretariado, o enfermería, cuyo destino era ser dependientas, o trabajadoras domésticas, o de tiendas. Y con ellas, llegó la pobreza típica de su medio al sistema escolar.
¿Quién era Salomé Ureña? La hija de un Senador de la República (cuando los Senadores eran Senadores), quien le enseñó a leer y se preocupó porque desarrollara un gran amor por el estudio y la lectura. En su casa había una biblioteca, donde conoció los clásicos, una tía jamona muy culta, y un piano. Asi, ella aprendió a leer latín, a conocer la literatura española, a dominar la lengua, a escribir, desde muy joven. Es decir, en su casa había un ambiente propicio para el aprendizaje y algo insustituible. Unos padres preocupados por su educacion.
Si leemos el listado de apellidos de la primera generación de maestras que se graduó del Instituto de Señoritas, veremos que todas provenían de hogares cuyos padres tenían una sólida educación.
¿Quiere esto decir que es imposible para las clases populares convertirse en buenos maestros? Ello depende del tipo de formación, y compensación remedial, que reciban. De ello hablaré en el próximo artículo.

