Faltan días para que los dominicanos celebremos jubilosamente el bicentenario del padre fundador de la República Dominicana y de la conciencia nacional: Juan Pablo Duarte. Ojalá este sea el punto de partida para darlo a conocer a los niños y a la juventud dominicana, tal y como él era. Es necesario, por razones de honestidad histórica, que comencemos a proyectar al patricio ante la mirada de América, como un hombre de carne y hueso, que hizo política y defendió sus principios, consciente de los riesgos que tomaba al enfrentar el sector hatero, representado por Pedro Santana.
Quienes no se ponen de hinojos ante la mirada furtiva del Padre de la Patria, ignoran por completo los sufrimientos de toda su familia, la muerte prematura de su padre, como consecuencia de todas esas presiones y el imperdonable destierro de sus seres queridos, decretado por Pedro Santana. Y todo esto, porque un joven de apenas 25 años se forjó la quimérica idea de que era posible fundar una nación libre e independiente de todas las potencias extranjeras.
Hoy podemos afirmar categóricamente que el pensamiento de Duarte tiene vigencia 200 años después y que nada tiene que envidiarle a los demás héroes americanos. Su ideario toca los aspectos más sensibles de la dignidad humana. Nos dejó un legado sobre el patriotismo, la justicia, la amistad, la importancia del tiempo, la perseverancia, el desprecio a los traidores y el amor a la patria.
Juan Pablo Duarte puede codearse orgullosamente con José Martí, Simón Bolívar, George Washington, Benito Juárez, San Martín y otros héroes hacedores de naciones, sin embargo, el rasgo fundamental que le garantiza su permanencia en el tiempo, fue su fe inconmovible de que se podía crear un Estado independiente en una comunidad llena de miseria y con menos de 150,000 personas.
Es cierto, Duarte no fue el primero en luchar por nuestras libertades, primero que él, lo hicieron Juan Sánchez Ramírez y Ciriaco Ramírez, derrotando a Jean Louis Ferrand, así como José Núñez de Cáceres al declarar la independencia de Santo Domingo en 1821 y el siempre olvidado Juan Jiménez, iniciador de la Revolución de los Alcarrizos en 1824, pero sólo Duarte concibió una República Dominicana libre e independiente sin ningún protectorado: a la pura y simple.
Duarte fue un político de los pies a la cabeza. De ahí, que tuviera la genialidad de fundar el primer »partido» dominicano: La Trinitaria y crear La Filantrópica como instrumento conspirativo. Pero a mi entender, su gran acierto político se puso de manifiesto cuando supo aliarse al sector que adversaba Jean Pierre Boyer en Haití y al sector hatero en un momento dado.
Duarte debe ser siempre una fuente inagotable de amor para todos los dominicanos. Y en estos momentos de tanta violencia, todos debemos acudir a su pensamiento sobre la autoridad, cuando decía: »El gobierno debe mostrarse justo y enérgico… o no tendremos Patria y por consiguiente ni libertad ni independencia nacional.

