¿Cuál es el político que, estando interesado en continuar su carrera, después de haber agotado dos gestiones públicas que él valora como exitosas, anuncia al país que, sin tener nada acordado ni en su partido ni fuera de él, desiste de presentarse de nuevo al escrutinio de sus electores?.
El actual alcalde de la ciudad de Santo Domingo, en alocución a la nación, después de exponer los que considera logros principales de su alcaldía; luego de afirmar que cuenta con un 70% de aprobación; de mostrar su plena satisfacción por el trabajo realizado, informa que, sin ningún plan previsto para lo inmediato, no asumirá la candidatura para su repostulación para continuar dirigiendo el principal ayuntamiento del país.
El alcalde podrá ser persona inteligente, incluso diestro en asuntos políticos, pero eso no le otorga derecho a infravalorar el intelecto de los demás. Su mensaje del pasado jueves tiene mucho más sabor a estratagema que a manifestación sincera de desprendimiento. A manejo cuidadoso de una imagen para potencializar efectos de los próximos pasos. Eso seduce incautos, pero advierte a avispados del anzuelo que podría estarse lanzando.
Como el señor Collado se esfuerza en hacer énfasis en los que han sido déficits ancestrales de nuestros políticos: apego irracional a cargos; nepotismo; corrupción; falta de transparencia; derroche de los recursos públicos; prepotencia, es comprensible que su perfil genere simpatía e incluso que la gente le atribuya posibilidades más allá de una dirección circunscrita a lo municipal.
Todo eso sería magnífico, si al alcalde se le supiera vinculado a un proyecto político de nación; si se le percibiera actuando con espíritu de cuerpo dentro de su organización; supeditando sus propios intereses a los de su partido; asumiendo los resultados de los procesos internos a los que se sometiera y dispuesto siempre a colocar sus capacidades al servicio de las mayores conveniencias de su entorno partidario.
Lejos de eso, la independencia, la autosuficiencia y su ligazón casi indisoluble con sectores empresariales cuyo portentoso crecimiento a lo largo de nuestro devenir histórico ha transitado siempre en líneas paralelas a los beneficios nacionales, lo convierten en esencia en político que genera dudas razonables ante el surgimiento de dilemas en que haya que decidir entre inclinarse por los sagrados intereses colectivos o por los de sus patrocinadores.
Tengo legítimas reservas ante opciones concebidas y desarrolladas con exquisito esmero por quienes conciben el Estado como dependencia de sus proyectos corporativos.

