Muerte un país, irresponsablemente
Me lo contó casi en silencio, enmudecida su palabra, apenas un murmullo:
«Primero faltó la energía eléctrica. De eso hace mil años. Pero entonces, las lámparas jumeadoras ayudaban, y un buen día, una «planta» llegó salvadora a la familia. Era marca Honda. En la Agencia Bella se la fiaron al viejo. Años más tarde, llegó rotunda la escasez de agua potable, pero mi padre se sacó el segundo premio de la Lotería y una cisterna con su motor ladrón incluido salvó a la familia del bochorno. Gracias al invento inglés de los seguros, el negocio de las clínicas privadas, la salud de la familia la cubre un centro médico privado. Años ha, cuando los apagones reaparecieron, metido uno en familia, en el residencial compramos una segunda planta, y, los Fondeur nos instalaron un inversor maravilloso. Ante el deterioro galopante de la educación dominicana, convertida en líder negativo del continente por sus pésimos resultados, crecieron los colegios y en ellos nuestros hijos. Cuando la delincuencia también creció, y aumentaron los robos en las casas, unas buenas rejas de hierro que hizo Pucho Montilla en Baní solucionaron el asunto. Para entonces, se trataba de rateros en busca de joyas, dinero y algún pasaporte visado. Ya en los últimos años, la inseguridad es total, con sereno y sin guachimán, con rejas o sin ellas. En cualquier lugar y a cualquier hora usted puede ser asaltado, vejado, robado, asesinado. Como la capital ya es «invivible», desde los viernes me marcho con la familia para El Manaclal, en Baní, pero ahora resulta que allí también ha llegado la delincuencia y cada semana hay robos en alguna de las casas. No hay salida. La pregunta que te hago, es tan sencilla como desoladora. ¿Qué fue del país que perdimos? ¿Cómo pudo ocurrir que sin darnos cuenta, nos robaran el país de todos, tan así no más, así tan sencillamente «se muere la gente como quien se va». Y también muere un país irresponsablemente.»
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