Opinión

El Bulevar de la vida

El Bulevar de la vida

Los inescrutables caminos de Dios o la tierna historia de un beso

Al amigo R.O. y a L.D., su compañera de vida y sueños.

          Unos lo han encontrado en el dolor, en la tragedia. Es lo más común. Le ha ocurrido a mucha gente: La vida te golpea, la ciencia no dice nada, la psicología tampoco, y ni la filosofía ni Platón ni el Prozac ayudan mucho.

         Entonces, es cuando sólo queda su poder para explicar lo inexplicable, para que podamos entender lo que no tiene entendimiento humano. Es lo normal, lo corriente.

         Otros, los menos, en cambio, han hallado su gracia de una manera tan mágica como excepcional.

         Hablo de encontrar a Dios en un momento de suprema felicidad, digamos que durante el segundo que dura un beso adolescente, tímido, inseguro, dado a una mujer iluminada que en sus labios traía la bendición, la fe, que durante años, el amigo R.O. no había encontrado ni en los libros, ni en el vino, ni en mil cuerpos, ni otros brazos, lunas llenas, iglesias todas, capillas grises, tardes sin sol.

         Hablo de la fe en Dios. Hablo del amor y el temor, de la entrega a una fe que pueda inspirar caminos, facilitar el sueño en las noches sin luna. Eso.

         Sin haber leído nunca jamás la Biblia, –bien lo sabemos sus amigos- R.O se duerme en las misas, no escucha los sermones, no se lleva bien con el aire de hipocresía que a veces se respira en ciertas capillas. O sea, que R.O. era un huérfano de la fe. A este viejo amigo, le bastaba con esforzarse por ser un buen padre, un buen hijo, compañero, vecino, amigo. Y con eso era suficiente, creía él, pero no. Por eso, cuando me contó todo esto, tomé una copia del poema “A mí me encanta Dios”, de Jaime Sabines, y se lo envié complacido a este afortunado a quien Dios llamó, no a través de una tragedia devastadora -como a la mayoría- sino mediante un breve beso dado alguna noche “a la mujer más tierna y apasionada, más amorosa y dulce, amante y entregada, adorable y sensual que ojos de hombre han visto en esta Tierra…” según me confesó, y sin haber bebido. (Dios, amor, tú, todo es redundancia)  (“A mí me gusta, a mí me encanta Dios. ¡Que Dios bendiga a Dios!” )

 

El Nacional

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