Ave, Caesar, morituri te salutant. Svetonio. (Frase latina atribuida a los gladiadores romanos al dirigirse al Emperador.)
Enterado del difícil proceso por el que tuvo que pasar, más de una vez temí no poder pagarle a Juan Hernández este bulevar adeudado.
Y miren, que estas son palabras muy serías, pues hablamos de pagarle a quien cobra como nadie, entre amables sonrisas, pero cobra.
Dicen que, algunas veces, Dios, -enamorado-, distrae su atención hacia las concavidades, cumbres y humedales de la María Magdalena, y es cuando se le escapa de este mundo algún buen hijo. Por eso, durante todo el quebranto de Juan, guardaba yo mis temores. Y es que, según mis fuentes, son esos excepcionales deslices del creador lo único que explica la ausencia en este mundo, de gente tan valiosa, tan buena y socialmente como Manny Espinal, mi tío/hermano William, José Francisco Peña Gómez, y más recientemente (¡tengo testigos!) Freddy Beras Goico.
Si fuera cierto aquello de que para la ciencia y para Dios reunidos no hay nada imposible, entonces digamos que con este milagroso renacer científico-cristiano de Juan., los evasores fiscales del país acaban de perder una batalla ante la vida.
El caso de Juan es extraño, pues siendo el líder indiscutible, -no del PLD que es asunto de su compadre sino de las cobranzas nacionales-, es al mismo tiempo uno de los funcionarios más queridos y admirados de todo el gabinete; y admirado en especial por nosotros los contribuyentes que somos sus víctimas. Estoy muy raro, pues estamos hablando de un oficio (cobrador) cuya ingratitud, aversión, antipatía y tasa de rechazo sólo es superada por la labor de ser portero.
Si la Angelina Jolie es la amante que todo varón aspiraría a seducir por un güiquén frente al mar, (arenas de Bayahíbe, tardes de Salina, ay), así, Juan Hernández es el funcionario que todo Presidente quisiera tener, lo que explica que los gobiernos de Leonel siempre hayan tenido problemas con el gasto y su dispendio, pero nunca con los cobros y su eficiencia.
Si en la sociedad estadounidense un ciudadano solo tiene dos cosas seguras: la muerte y el pago de sus impuestos, Juan Hernández es el principal responsable de que esa frase tenga ya una dolorosa aplicación en el mundo dominicano.
¡Bienvenido a casa, Juan! Y ya te dejo, que me acaba de llamar mi contable Domínguez para recordarme que se acerca el abril impositivo, ay, y debo firmar dos cheques por ITBIS y tres por anticipos. Pero el reconocimiento a tu labor y bonhomía es el mismo: ¡Bienvenido a la casa, a la patria, a la vida!.

