Diógenes en Santo Domingo
Cuentan que un día llegó al país Diógenes, El Cínico. Llegó con su lámpara de siempre. Venía de buscar en la Acrópolis de Atenas un solo hombre honesto.
Dicen que, primero, por estar ellos tan bien puestos y arregladitos siempre, buscó información entre los empresarios, y allí, los mejores le hablaron de colegas corruptores de epopeyas, evasores olímpicos, lavadores de verde y otras perlas. Cerca del mediodía, en diálogo franco con Roberto Cassá, confirmó que desde el gobierno de Lilís Heureaux para acá, nuestra historia no sido más que una colección de latrocinios familiares al amparo de algún gobierno. Y fue a La Cafetera del Conde, saludó al Chico Arias y a Severo, pidió que le contaran, y le contaron que nuestros partidos liberales han devenido en Compañías por Acciones que, al alcanzar el Poder, paren millonarios como gatitos de Angora. Millonarios, cuyos hijos estudiarán en el extranjero y en 2023 regresarán y serán caballeros de fina estampa, prohombres del desarrollo empresarial y el rescate ético de los negocios o la política. Joder. (Pobre don Diógenes, con el calor que ya comienza a hacer.) En la tertulia de la Librería Cuesta de esa tarde se enteró que existe un Concordato entre el Estado dominicano y la Iglesia Católica mediante el cual el primero financia a la segunda sus templos, sus casas y sus cosas, a pesar de ser la señora una de las instituciones político/religiosas más rica y poderosa del planeta. Y confirmó, con algo de sorpresa, que el Papa alemán de esa Iglesia, anda ahora preocupado, ¡quién lo diría! porque aquí, como el fornicio, la corrupción no cesa, lo que es cierto. Como no cesan las complicidades, las malditas colindancias, la doble moral o su ausencia.
Con tal recibimiento, Diógenes no tuvo más opción que abandonar la ciudad en la goleta de las siete, sin llegar a comprender la dinámica cínica y allantosa de un país bullanguero y cherchoso que vive casi feliz creyéndose sus mentiras. Feliz en su hipocresía, amparado -entre bachatas- por las mieles solidarias del narcotráfico barrial, el lavado de activos, la prostitución y la corrupción más generalizada.
Dicen que Diógenes olvidó la lámpara, pero todavía no hay en el país un dominicano que la recoja dicen, dicen. ¿Comprende?
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