Ninguna de las tres organizaciones políticas que han dirigido el país desde 1966 hasta ayer en la tarde puede negar las prácticas corruptas en sus gobiernos.
Éticamente, cada gobierno ha hecho brotar flores de fango y también espinas de vergüenza. Hagan memoria y, si pueden, cuenten los Austin.
Con la globalización y el fin de las ideologías, que anularon el rostro humano del capitalismo y lo condujeron hasta el neoliberalismo más radical (que desembocó en la crisis financiera de EE UU y Europa por falta de regulación en los negocios inmobiliarios)- la lucha política electoral pasó del enfrentamiento de ideas y propuestas al combate clientelista/empresarial presentado como un gran espectáculo de eslogan cortos, con candidatos vendidos como una Coca Cola. Y así ha seguido. Y así se ganan elecciones hoy. Por ejemplo, en el acto de proclamación de la candidatura de L. Fernández en 2008, el gran atractivo artístico fue El Lápiz, no Manuel Jiménez. No se cantan ya aquellas canciones ideológicas de Quilapayún para los actos de la Unidad Popular, en Chile: El pueblo unido, jamás será vencido. Nada le importa esto al ciudadanos light, elector promedio del capitalismo sin alma, cuyo voto vale igual que el de Negro Veras o Bidó Medina.
Lamentablemente, las discusiones ideológico-programáticas han terminado siendo asunto de Temo Montás, en el PLD; de Alburquerque en el PRD, del Padre Villamán o de Willy Lozano en sus think tank; cosa de escasos intelectuales conservadores en formol y también de cierta izquierda melódica, como dice mi dilecto José Miguel Soto Jiménez.
Para 2008, ya había cambiado la manera de presentar una candidatura. Habíamos entrado a la etapa de la política como espectáculo y más exactamente un espectáculo para la televisión. Como los premios El Casandra, un acto político no se celebra ya para los cientos de asistentes a él, sino para los millones de posibles televidentes. Hablamos de una Telecracia, donde toda la campaña y las acciones del candidato giran en torno a la televisión, sus reglas y horarios. Esto lo explicó recientemente, en un seminario internacional organizado por la JCE, la experta española María Holgado.
Pero el cambio de la política desde los principios y los valores hacia la política como simple práctica empresarial , no fue menor. Podemos hablar ya de una Plutocracia, donde el liderazgo tiene un componente económico fundamental, a tal punto que actuales diputados admiten haber invertido mas de 50 millones de pesos para lograr su curul.
Si la política es una vil actividad económico-empresarial y del showbusiness en un país sin instituciones fuertes, es inevitable que los partidos a su paso por el poder creen nuevos -o favorezcan a los ya existentes- grupos económicos que les serán leales y agradecidos en sus años de relativa oposición, y así llegamos donde lo dejamos: a la inevitable corrupción, si es que no logramos abaratar la práctica política.
Por esto, es urgente la aprobación de una Ley de Partidos y un nuevo Reglamento Electoral, para, con el fortalecimiento de las instituciones del Estado, los partidos y la sociedad civil, incluido los medios de comunicación, llegar a un gran consenso que nos permita avanzar hacia una democracia para y con la gente.
Lo demás es cháchara y gadejo. La mai del play que se olvidará el 21 de mayo, como a las diez.

