Opinión

El bulevar de la vida

El bulevar de la vida

Cronicanto solidario al Padre Alberto
No debe ser excluido de su labor evangelizadora quien no ha hecho más que seguir fielmente la palabra de Dios, es decir, ejercer el amor con todas sus consecuencias, incluidas las horizontales, el fornicio, quiero decir.

Es noticia que el padre Alberto llevaba a los altares eróticos de su masculinidad a una bella mujer, cuyas curvas exhiben más ingeniería y perfección que los planos aeronáuticos de Leonardo Da Vinci. Pero resulta que la cúpula de la  Iglesia Católica, la misma que ha apuntado para otro lado en tantos casos de curas pederastas, (lo de Sabana de la Mar fue cosa del demonio, si existiera), esa misma élite ha decidido inmolar al Padre Alberto, que si bien no es un Luis Quin de los pobres, por lo menos anda por la vida cautivando jóvenes con su palabra y también con su elegancia, pues el muy cura es calificado por las féminas creyentes o no, budistas o vegetarianas, como un Luis Miguel con sotana, y aquí hace tiempo que gracias a un eminente reverendísimo sabemos qué hay debajo de la sotana de un cura.

Esta iglesia católica, tan empecinada en imponer sus valores al resto de la sociedad, va a fusilar moralmente a un buen servidor de Dios, que no ha hecho más que  llevar a los hechos, -más bien a los besos-, el santo mandato del Padre, que cita Sor Cabral, el Facundo: “Nunca digamos que no a una propuesta de amor, porque sería decirle que no a Dios, que es el mismísimo amor.”

Un abrazo solidario al padre Alberto, que no ha hecho sino obedecer los mandatos del Señor. Para la depresión y sus suplicios, el mejor remedio es el fornicio, receta don Mario. No hay mejor cristianismo que, en una noche, frente al mar, por Minitas o Palmar, en Bávaro o Punta Salinas, llevar a la damisela a ver a Dios. El orgasmo, como el Caribe, «es un anticipo del paraíso.»

No debe un hombre, con o sin sotana, sentir vergüenza de amar y ser amado. Bienaventurado usted, mi señor cura ,que es tan querido. Otros, vencidos, siguen esperando en la oficina, a cierta dama de fucsia que nunca volvió. Por cierto, muchacha, a tus besos encomiendo mis sueños, amen.

El Nacional

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