¿Contra Joaquín Antonio Trujillo Molina vivíamos mejor?
Es una vieja discusión heredada de España y el franquismo.
Más de uno piensa que con el tirano y sus muertes se vivía más cómodo, más ligero de conciencia.
El trujillobalaguerismo y sus excesos han sido la barcaza que nos ha salvado del hundimiento en nuestra mediocridad e incapacidad para el ejercicio democrático, el pañuelo que justifica, disimula la mancha indiscreta en el pantalón de nuestra civilización postergada.
Enfrentados a Joaquín Trujillo hemos estado siempre: Por su caudillismo a ultranza, su predilección por la sangre, porque controló las fuerzas incontrolables que controlaron tantas vidas; por su maquiavélico carisma para lograr corromper a los hombres, envilecer a toda una sociedad. Pero resulta que con Rafaelito Balaguer teníamos la feliz certidumbre de conocer el mal. Ellos, Trujillo y Balaguer, han sido nuestros verdugos preferidos. A ellos las culpas y ya está.
Pero «tomando en cuenta lo implacable que debe ser la verdad, quisiera preguntar – me urge -«: ¿Qué han hecho los adalides del antitrujillismobalaguerismo cuando los votos del pueblo los han puesto a dirigir el país, un ministerio? ¿Se frenó la corrupción? ¿Funcionó mejor el elefante blanco de la burocracia estatal?
Cincuenta años después, un funcionario palaciego antibalaguerista sólo se diferencia de uno trujibalaguerista en el chaleco, la corbata corta, en que el primero siempre andará peor vestido, (y ya ni eso) y, claro, en la arrogante prepotencia.
Me lo dijo Don Francisco Umbral en los madriles cuando intentaba yo defender a mis amistades socialistas españolas en los 90: «tienen la prepotencia del revolucionario…pero sin hacer la revolución».
Sin embargo, hay que reconocer – ése es su mérito- que los señores adalides enseñaron a Balaguer, -y hubieran enseñado a Trujillo-, que a la oposición no se le mata ni encarcela, ni tampoco se le persigue con bandas de colores; que basta con persuadirles con PEMES, RENOVES, nominillas, contratas, sociedades en sociedad de lavadores y otros versos en blanco como en morado, ay, don Radha, que cómo pueblo no somos tan inocentes ni tan antitrujillistas como pregonamos, escribimos, teorizamos.
Me lo explicó un amigo en La Base, después de la sexta fría: «Mira ‘Maquinini’, el problema de nosotros es que nos agarró la Perestroika a pie».
Tal que, vistas las deficiencias, inequidades, vicios, dobleces e impunidades de nuestra gris y papelera democracia, más de uno indignado-ha llegado a pensar: Joder, contra Rafael Leónidas Balaguer Ricardo vivíamos mejor. Muertos de horror y de miedo, sí, no teníamos libertad pero nos quedaba la fe, la utopía y la esperanza que inspiraba la existencia la resistencia. Cuando un hombre pierde las ilusiones, es que ya lo ha perdido todo, o como, maldito, escribió Vargas Vilas cuando al vida es un martirio, el suicidio es un deber. Los dominicanos, perdida ya la fe, estamos al borde del precipicio, suicidando la democracia cada día con nuestras irresponsabilidades casi todas.
Hoy, cincuenta años después, la libertad está aquí hasta con sus excesos, sus libertinajes. A ver ahora ¡qué carajos vamos a hacer con ella! para que nunca más en nuestro suelo una dictadura pueda ser como es hoy: «un absurdo previsible», tan posible como cierto.

