Lo he dicho en otras ocasiones, y hoy, feliz, lo repito: Cuando la política y sus miserias se asoman imprudentes para llenarnos a todos de aurífera vergüenza, a los dominicanos siempre se nos aparece el béisbol y sus héroes para salvarnos.
La pelota es el Prozac nacional por excelencia.
Ni los doctores José Miguel Gómez en El Bulevar con Pablo, Ana Simó en CDN, o Guerrero Heredia en La Z, ninguno de ellos, por muy brillantes que sean en el asunto, son capaces de levantar la autoestima nacional con tanto éxito.
El subdesarrollo dominicano nos arrastra a estas selvas de asfalto, violencia, irrespeto y sangre; y cuando creemos que hemos tocado el fondo y que todo está perdido, se aparecen Miguel Tejada, el banilejo, como un Duarte de guante y bola, Eric Aybar y José Reyes como Peña Gómez o Juan Bosch del bateo más oportuno y entre algarabías de muchacho inquieto, -y acompañados de los mejores lanzadores del universo- nos rescatan de tantas políticas vergüenzas y absurdidades repetidas.
Por las señales que uno recibe de un PRD más dividido que un racimo negro, un PLD «muertecito de éxitos» acuñando en su seno y asumiendo en silencio una lucha de tendencias que la transición de poder crea, -o una izquierda más torpe que un cura en un burdel-, tal parece que para sobrevivir con cierto nivel de salud mental, los dominicanos necesitaremos cada vez más de nuestros héroes deportivos.
Tal que siempre ocurre igual: Cada vez que la política y sus desvaríos nos parten el corazón, siempre el béisbol y sus glorias nos lo salvan…. y volvemos amar. (¿Cómo explico la magia que se esconde en tu pelo, qué tendrá tu sonrisa que hace florecer a abril?
Es mandato de Dios y el nuevo Papa: A peores políticos, mejores beisbolistas.
Anoche, por tres horas, en el país no hubo perredeístas ni hubo peledeístas; no éramos católicos ni evangélicos, creyentes o agnósticos.
Por 180 minutos y un recuerdo, no fuimos ni escogidistas vencidos, ni liceístas gloriosos, orientales en espera, Toros en su encierro ni Gigantes en su esperanza. Y si esto fuera muy poco: También anoche, por no hacernos sufrir, todas las damas bellas e inteligentes de la ciudad, ay, dejaron de ser aguiluchas, y en un arrebato de amor bienvenido sólo fueron dominicanas… sólo dominicanas.
Entonces, claro que podemos, joder, claro que podemos.
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