Una vez más, la percepción vence a la realidad, pues las estadísticas nacionales e internacionales, las oficiales y la de organismos internacionales, las del Latinobarómetro y las citadas por CNN en sus reportajes, hablan de una reducción de los hechos delictivos en SD en los últimos tres años.
¡Justo y lo contrario a lo que percibimos la mayoría de los dominicanos!
¿Y por qué, mientras estadística y objetivamente se reducen los casos de delincuencia, los dominicanos percibimos que el país se desangra de asaltos, latrocinios, sicariatos y otras náuseas?
El asunto es sencillo, como el amor que va y viene cambiando de casa, así, la delincuencia ha cambiado de escenarios, bajando del barrio pobre/caliente al Downtown de SD o Santiago, a sus polígonos centrales.
Hablo de barrios de la clase media/alta donde vivimos profesionales, técnicos, las familias de los funcionarios o dirigentes partidarios, o de la sociedad civil. Así, todo hecho delictivo ocurrido en el ámbito de esos segmentos de la pirámide social siempre será más noticiable, comentable, tertuliable, que el acontecido en un barrio marginado a un anónimo señor. La agresión a una persona de cierto nivel de relaciones sociales genera una solidaridad inmediata, llegando a convertirse en ocasiones en una hecatombe de indignación nacional.
Claro, esta reflexión no puede incluir los excesos inaceptables de nuestra policía, como el ocurrido la noche del domingo. En los doce años existían patrullas policiales que asesinaban a los muchachos por su militancia revolucionaria (¿recuerdan?) Ahora, menos politizada la PN, viene y se aparecen unos patrulleros con instintos homicidas y asesinan a sangre fría a un joven de 23 años, por el grave delito de no detener el auto que conducía en el lugar exacto donde ellos le ordenaron.
Pero este lamentable hecho, no resta fortaleza a nuestro argumento sobre la influencia de la condición de clase de las víctimas de la delincuencia, como explicación para este inexplicable divorcio entre percepción y realidad en el tema delincuencia. Esto es lo que explica que hoy sea el país un temor solo, un único susto, una inseguridad toda, aunque las estadísticas digan lo contrario.
Súmele a esto el hecho de que el país sea hoy una locura de sin sentidos, de incongruencias, e impunidad, y entenderá por qué existe la poesía, el vino y sus evasiones mulatas, ay, don Radha. Una vez más, la percepción ha vencido la realidad. Mientras tanto, la reforma policial espera

