A veces nuestro país parece un colmadón de cinismo.
Patria bullanguera y cherchosa, cuyos habitantes prefieren hablar de las caderas de Sobeida antes que analizar el Proyecto Bengoa, aunque de Sobeida sólo recibamos un video porno, y en cambio de Bengoa recibiremos una puñalada fiscal, que según el ministro no es reforma ni aumento de impuestos, sino indexación, encarecimiento de los precios de los combustibles con todos sus efectos inflacionarios, y también de la energía eléctrica que utiliza parte del sector productivo.
Con estos retruécanos semánticos, Vicente Bengoa se convierte en un Fafa Taveras de la economía, que a partir de su formación y sus dones de sofista consumado (-justo y como le ocurría a Fafa cuando trataba de justificar los desmanes políticos del gobierno 2000-2004-) se considera capaz de convencernos de lo imposible, de inventarnos el helado en palito y dárnoslo a comer.
En momentos en que nuestro tejido empresarial/industrial es cada vez menos competitivo en un mundo globalizado -y ahí están los resultados de los primeros años de TLC- el gobierno aprieta a ese sector, que no hará más que transferir esos aumentos al consumidor final. Pero no es eso solamente
Esta reforma aparece sin que se decida el gobierno a enviar una señal de moderación y racionalización en sus gastos, estilos de vida y consumo. Tal que, cuando se imaginaba uno que los funcionarios del morado gobierno iban a replicar el estilo de vida de don Juan o por lo menos el de Leonel -que solo biengasta dinero en libros-, estos señores se deciden por el modelo Porfirio Rubirosa, y en los bares caros y las marinas del país llegan al exceso de echar vainas y guararé a los ricos de toda la vida y tres generaciones. Ante el estilo de vida de ciertos funcionarios, don Pepín parece un clase media, un pequeño burgués… tan limitado. Andamos mal.
Hasta hace 20 años, los empresarios tenían el dinero y los políticos el poder. A veces, un rico le prestaba su villa al político y este se daba su filing de guiquén. Ahora, el empresario anda discreto, huyéndole a la eficiencia recaudadora de Juan, Germania y Camilo, mientras el funcionario -a quien un agosto 16 él regaló el traje de la recepción palaciega- agradecido lo invita ¡Qué impunidad tan celebrada!- a su villa familiar, o mejor, a redescubrir las noches de Miami o París con sus muchachas en flor, sonrisa tierna, bufanda gris.
Patria bullanguera e infeliz. Inmenso colmadón de cinismo al que ya solo salvan las caderas infinitas de Sobeida, tan tentadoras como ajenas, peligrosas, imposibles.

