Los desconocidos hijos de Juan Bosch
Si, si, ya lo sabemos. Muchas gracias, Dios le guarde. Pero no es de eso que quiero hablarle en este bulevar.
Por supuesto, mi señor, que ni robó ni mató. Eso se ha dicho siempre y la historia así lo ha confirmado.
Perdóneme, pero es que los periodistas adolecemos de hablar demasiado. Le prometo que le escucharé atento decirme una vez más, que Juan Bosch era preclaro, digno, honesto, respetaba los principios y estaba dispuesto a pagar el precio de hacer lo que tenía que hacer, y si quiere que entre el mar y el mar entró, y desde entonces naufragamos, huérfanos de fe y esperanzas. Ahora sí somos pobres, incluso de alma, aunque el PIB ande por los cielos.
Venga. Viajemos a aquel septiembre, y le escucharé denunciar una vez más a aquel sector empresarial cegato y delictivo, a la Embajada prepotente y homicida, a los políticos envidiosos, miserables, a los católicos diabólicos y cínicos, a los militares traidores por los siglos, sí, sí, pero eso ya lo he escuchado toda la vida. No es de eso que quiero hablar y me perdona, pero no estoy hoy por la labor; compréndame, la noche fue larga, sonó un bolero y la luna se sentó imprudente en aquel bar, a cantarme esas canciones, a hacer preguntas sobre el mar, ausencias, lejanías, ay don Radha.)
Por hoy, me conformaría con la utopía de que cada uno de nosotros busque a Bosch en sus actos.
Que boschista no sea el discurso sino el comportamiento, la definición de prioridades de los pobres del país, que son las mismas desde 1962.
Los malos hijos de Bosch son conocidos. Por eso, propongo que el PLD y su gobierno se encarguen de mostrarnos a los buenos. Guzmán Marcelino, por decir, Pina Toribio, Rafael Camilo, qué sé yo, y más importantes que ellos, los miles de anónimos hombres y mujeres, a veces boschistas sin saberlo, en sus barrios, campos o gobierno han hecho, hacen lo que tenían que hacer y pagan el precio. Andan por ahí. Búsquenlos.
Juan Bosch no quiere ya más dones ni incienso en sus atrios.
Uno está ya demasiado harto de palabras sin actos.
Que el homenaje a Bosch no sea la palabra, sino la acción.
Que sepa el país, que este hombre no aró en el desierto, y que en algún lugar de la patria quedan juanitos vencidos por su honradez y el pragmatismo desmadrado. Un pragmatismo que, de tan victorioso, ya ven, se derrota a sí mismo y mata sus propios sueños. ¿Comprende, comprende?

