Opinión

El Bulevar de la vida

El Bulevar de la vida

Hacedores de caudillos (y 3)

Todo este tema de los dominicanos como hacedores de caudillos queda retratado en la historia del primer gobierno del PLD y su vuelta en 2004… hasta ayer

En agosto 1996 se inicia el gobierno de un partido con un liderazgo colegiado, cuyo CP se reunía cada lunes para diseñar estrategias y gobernar como equipo. Los resultados de esa gestión están a la vista, y el gobierno 1996-2000 es considerado con justicia como uno de los de mayores avances en institucionalidad, modernización del Estado y lucha contra la pobreza.

En 2004, el PLD regresa al poder y en 2008 lo retiene. A partir de ese triunfo, LF ha tenido que enfrentarse a un enemigo que no conocía del todo, a pesar de su presidencia 96-2000. Hablo de verse coronado ya no como uno de los líderes más influyentes, de mayor aceptación y de mejor imagen internacional, que lo era, sino como jefe indiscutido, zar venerado, no sólo por muchos de sus conciudadanos, sino por una burguesía variopinta que ante los reiterados fracasos del PRD desde el gobierno apostó a él, que entre sus virtudes tiene la de cuidar como si una novia nueva fuera la estabilidad macroeconómica del país, tan fundamental para la actividad empresarial, los negocios.

Así se inicia el reinado político de LF, ya no como presidente de un gobierno de liderazgo colegiado, dirigente principal y líder influyente, sino como jefe, -de inmejorables formas o decentísimas maneras, eso sí- pero jefe al fin y al cabo. Digamos que todo un dios redivivo, que por tener ya tiene hasta a un Rodríguez Pimentel para que forme mañana a las once: “Lo que diga Leonel”.

 La historia enseña que en nuestro país el ejercicio repetido del poder conduce irremediablemente al caudillismo, sin importar el talante democrático ni  las buenas maneras del mandatario, como es el caso. Por eso la reelección ha sido tan nefasta para los dominicanos. 

Pero el problema no es Leonel ni Miguel como no fue Balaguer, ni fue Hipólito.  No.  El problema somos nosotros, usted y yo, que, trujillistas sin saberlo, no requerimos a un gerente, administrador de un Estado funcional, regulador y respetuoso de las leyes y el ciudadano, sino a un jefe, un semi dios coronado, con la agravante de que, como escribió  Benedetti, “el vice dios siempre es ateo.”

El Nacional

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