Nada me han enseñado los años/ siempre caigo en los mismos errores/ otra vez a brindar con extraños/? y a llorar por los mismos dolores El último trago. José Alfredo Jiménez.
Como les contaba ayer, todo parece indicar que en los próximos años los dominicanos pagaremos muy caro el haber olvidado lo principal durante décadas: Hablo de la familia, la educación, el trabajo digno.
Hoy, casi la mitad de todos los hogares dominicanos tiene un solo padre o ninguno.
El 38 por ciento de los hogares está administrado por una mujer sola, que en la mayoría de los casos es pobre.
Pero el Estado dominicano, que hasta construye apartamentos de lujo en Los Cacicazgos, Santo Domingo, en diez años de entrada en vigencia la Ley de Seguridad Social no ha tenido tiempo, recursos ni vocación para construir las estancias infantiles (guarderías pa los carajitos) que manda esa ley. Eso sí, a las AFP, que también manda a crear la ley, les va de perlas.
No puede tener futuro un país que en su presente tiene más bancas de apuestas que escuelas.
Ahora, se nos ha desparramado la violencia, nos visita a cualquier hora la muerte, y andamos todos vueltos locos, consternados y rabiosos pero, como les ocurre a los gobiernos después de unas elecciones, ya se nos pasará la rabia y volveremos a lo nuestro que es la conchupancia, las colindancias, el trapicheo, al allante y el chisme. (Al fin, quien se dedica a llevar la vida de los otros, es porque no sabe que c hacer con la suya). Y otra vez a brindar con extraños y a llorar por los mismos dolores, a escribir y conducir Bulevares entre Voces Propias, solo para no morirnos de pena al recordar que vivimos en un país donde cuatro de cada diez ciudadanos son pobres, analfabetos funcionales, y por no tener, no tienen familia, ni padre, ni ejemplo, esperanza ni Dios.
Si este gobierno de veraz pretende hacer que lo nunca se ha hecho, que empiece por priorizar la educación (¡ya comenzó!), la familia y el trabajo digno. Todo lo demás es secundario, ay, (incluidos tus ojos y tu besos, que es mucho decir).
Mientras tanto, vayamos a la iglesia del barrio el domingo, a ver si Dios y la María Magdalena, en su infinita bondad, nos perdonan tanto descuido, alienación y olvido.

