No hay que dar muchas vueltas a los resultados de las elecciones chilenas: la división de los socialistas le ha pasado factura a la coalición de centro-izquierda, en el poder desde 1990. Aún así, el 44 por ciento que obtuvo la derecha y el hecho de que la ultraderecha fuera la fuerza política más votada introduce algunas reflexiones en torno al proceso chileno. El nivel de desarrollo real que ha alcanzado Chile tras la caída de Pinochet y la popularidad de la presidenta Michelle Bachelet, cuyo índice de aceptación ronda el 75 por ciento, perfilaban la coalición como una fuerza imbatible en las urnas. Pese a la división de los socialistas no se puede negar que el discurso del candidato de la derecha, el multimillonario Sebastián Piñera, también gravitó en los resultados. Piñera, derrotado en un intento anterior, no prometía cambios radicales en el campo económico, sino seguir la misma política que ha llevado a Chile a incrementar el empleo de calidad, reducir la pobreza y afianzarse como una de las principales potencias de América Latina. Bajo la gestión de Bachelette en el terreno político los avances son extraordinarios, a tal punto que el índice de corrupción en la nación es de los más bajos del mundo. Pero la decisión del socialista Marco Enríquez Ominami de formar tienda aparte y romper con la coalición fue el factor clave para bloquear el retorno al poder del ex presidente Eduardo Frei y abrir el paso al derechista Piñera. Onimani se alzó con un 20 por ciento del electorado, que es muy difícil que al menos en su totalidad se incline por sus antiguos aliados. El 14 por ciento con que la derecha superó a la coalición en la primera vuelta pesará mucho en la segunda ronda que se efectuará el 17 de enero próximo. En los comicios hubo muchos otros ingredientes, como la revitalización de los comunistas, pero lo más importante fue el ascenso de la derecha.

