El ex presidente hondureño Manuel Zelaya, inició desde el pasado miércoles un exilio que en su primera etapa le ha traído a nuestro país, en donde permanecerá, dos semanas.
Ausentarse de su país, de manera forzosa, es un sacrificio muy duro, que solamente quienes lo han padecido están en condiciones de definir. Pero siempre será mas honroso, hacerlo como lo ha hecho Zelaya, que hacerlo en las condiciones del ex presidente guatemalteco Alfonso Portillo.
La historia del Golpe de Estado en Honduras es harto conocida. Aún los más acérrimos enemigos del ex presidente admiten el golpe, aunque pretenden justificarlo, diciendo, que Zelaya incurrió en faltas que le hacían pasible de ser destituido.
Una síntesis muy apretada del trayecto de Zelaya, durante los siete meses desde su derrocamiento, ofrecen un perfil de firmeza, de valor y de entrega, de hasta dónde puede llegar un hombre que ama su país, y que ha sabido jugársela, poniendo en riesgo su vida, su familia y sus bienes. Primero, intentó regresar a Honduras, por el aeropuerto internacional de Tegucigalpa, desafiando a los gorilas que le echaron del poder. No había posibilidad material de lograrlo. Después, trató de hacerlo, partiendo de Nicaragua, pudiendo nada más, llegar a la frontera de su país.
Decidido a reconquistar el poder que le había sido usurpado, se las ingenió y pudo llegar a la Embajada de Brasil, en el corazón de la capital hondureña, donde permaneció hasta que, mediante un salvoconducto, y en compañía del Presidente Dominicano, doctor Leonel Fernández, pudo ingresar a República Dominicana.
El doctor Leonel Fernández, que condenó el Golpe de Estado, con expresiones muy fuertes, ha recibido críticas por haber asistido a la toma de posesión de Porfirio Lobo. Sin embargo, creo que lo ha compensado satisfactoriamente, al asumir la responsabilidad de gestionar y retornar en compañía de Zelaya, su familia y algunos colaboradores.
El Golpe de Estado en Honduras, sienta un precedente bochornoso en América Latina, que no se borra con golpes en el pecho. Los militares nuestros son incapaces de derribar un gobierno constitucional, si no es con el apoyo de los halcones norteamericanos, y, por supuesto, de las oligarquías nacionales. Las consecuencias del retroceso en Honduras se harán sentir más temprano que tarde.
¡Bienvenido a nuestro país, ingeniero Zelaya! Encendiste la mecha de los cambios en Honduras, y nadie podrá apagarla.

