Con su obra cuentística, Enriquillo Sánchez culmina el proceso de lo simple a lo complejo que inició Juan Bosch en la década de 1930, cuando introduce el cuento contemporáneo en la República Dominicana. Lo continuaron, entre otros muchos, cada vez haciéndolo más complejo, Virgilio Díaz Grullón, René Del Risco Bermúdez y, por supuesto, el mismo Enriquillo Sánchez. Para ilustrar mi punto, explicaré muy brevemente las diferencias entre ellos e incluiré un fragmento de la cuentística de cada uno como ejemplo.
En Bosch la forma es directa, continua, secuencial, sin ambigüedades ni circunloquios, y el sentido es explícito y verosímil. Al lector se le suministra toda la información. Veamos el ejemplo:
La mujer vio cómo Quico ahogaba a Chepe: tenía los dedos engarfiados en el pescuezo de su marido. Este comenzó por cerrar los ojos; abría la boca y le subía sangre al rostro.
Ella no supo qué sucedió, pero cerca, junto a la puerta, estaba la piedra; una piedra como lava, rugosa, casi negra, pesada. Sintió que le nacía una fuerza brutal. La alzó. Sonó seco el golpe. Quico soltó el pescuezo del otro, luego dobló las rodillas, después abrió los brazos con amplitud y cayó de espaldas, sin quejarse, sin hacer un esfuerzo (25).
Virgilio Díaz Grullón trabaja el absurdo, en el que la forma se maneja igual a la de Bosch, pero el sentido es fantástico, inverosímil, donde lo que ocurre solo puede ser imaginado por el hombre y, por lo tanto, exige mayor atención del lector. Todavía aquí, al lector se le suministra toda la información. Un ejemplo es:
[ Al bajar la vista, distingo junto al grifo una mancha blancuzca, pequeña, pero deprimente, afrentosa sobre la límpida superficie esmaltada] [Miro a mi alrededor. Allá, doblada en dos sobre la pequeña mesita niquelada de medicinas, hay una toalla, Corro hacia ella, la tomo, vuelvo al lavabo y froto desesperadamente, una, dos, tres, más de cien veces. Sudo copiosamente, pero no me atrevo a mirar los resultados de mi labor. Al fin, el cansancio me paraliza los brazos y me obliga a detener la faena. Tiemblo. Dejo caer lentamente la toalla… ¡Está horriblemente sucia! La arrojo con asco lejos de mí y miro con horror la mancha del lavabo agrandándose cada vez más. Ya no es blanca, sino roja y mana como una herida abierta ¡Es sangre, Dios mío! ] (26).
René Del Risco Bermúdez mantiene la forma de Bosch en la llaneza de la expresión, pero introduce los recursos técnicos del postmodernismo que exigen aún más atención del lector para no perder su sentido: el flujo de consciencia, la discontinuidad del espacio y el tiempo, ciertas ambigüedades que obligan al lector a determinar la trama por indicios, y otros recursos más. Del Risco obliga al lector a asumir un papel activo, en el que este debe poner de su parte para armar el cuento, por lo que hace más compleja su lectura. En el cuento siguiente, el autor nunca dirá al lector lo que le pasaba a Inesita; el lector tendrá que deducirlo.
La primera en sospecharlo fue Matilde cuando, tendiendo unos pantalones sobre los alambres del patio, la vio (a Inesita) por detrás de la cocina, con una mano apoyada en la pared y la otra frotándosela en el vientre. Matilde la miró de reojo, pero sólo por un momento porque tan pronto como ella (Inesita) se dio cuenta se enderezó como si nada, caminó hacia la pluma y metió la cara bajo el chorro mojándose también la nuca con la mano (27).
Para finalizar este proceso, Enriquillo Sánchez introduce incoherencias fraseológicas y obliga al lector a develar el sentido a través de un lenguaje manejado con gran destreza. El lector no solo debe armar el cuento sino interpretar un sentido o significado que, a lo mejor, no es el del autor. El verdadero papel del lector es, en realidad, deleitarse con el juego de palabras y sus inconcebibles secuencias. Un ejemplo de su texto:
La inocencia es un ardid goloso (y Carolina su profeta). Mueve el pie el tobillo cantor- hacia otra constelación de anís proceloso, y la hierba está mojada. Es dulce como un coro como sus pastores- en los establos de invierno. Carolina es isleña, Auriga cae detrás del calcañar, el navío, como siempre, es ilegible e inexorable la contaduría: los astros y su dicción, ad literam (28) (29).
En definitiva, Enriquillo Sánchez hace el más exasperante uso de la palabra, extasiándose y extasiándonos con una obra cuentística de enorme valor literario.

