Ella dispone la magia rota de sus estrategias, para recordarnos que el deleite es el desenfado de la eternidad, y que el desencanto es sólo la bruma de uno de los susurros inéditos de la misericordia.
Pone a prueba nuestro sentido satélite la palabra- y se da el lujo de pasear desnuda o vestida de cal-, por el espacio más caótico de nuestras vísceras.
Parece un delfín soñando
Cuando apenas son las seis, y ningún aguerrido bermellón ha violado con su ardor el recodo marino de un Caribe espantado, ella acerca su carita de ángel caníbal y su mano malva de puma encantado, y logra entumecernos la herida que el día ha resguardado como querella y antifaz.
Así empieza su día: muda de rayo. Y así termina el incendio dormido de su noche agraviada: de rodillas ante la belleza; atada a las provocaciones más ínfimas de nuestro espíritu más rebelde.
Me confieso fascinado por sus destempladas desinencias. Por esa manera nada fortuita, tan fresca y suya; de aprisionar y apisonar, gestos fríos, sonidos extraños y palabras invisibles. Vocablos traviesos de mar en cópula y cielo en tránsito que el relámpago de sus despliegues anega. Acentos que giran en el más infeliz recodo de nuestra desmemoria y ensanchan el atavío contemporáneo de nuestras más antiguas elucubraciones.
Cuando llueve, avizora a medio tono mis angustias. Ella se demora vestida de milagro y alcancía- en la melodía de un sol bandido, y me mira crecer en sus orillas.
Es cierto el goce que me embarga cuando recorro su solar encantado. De ahí que anuncio sin vergüenza la sumisión que me condena cuando intento ungirme con la desdicha que la ronda.
Es la página en blanco: señoras y señores. La diva secreta de mis desafueros fabularios. El firmamento menor donde cohabita nuestra sed de escrúpulos, con el espantajo innominado de nuestras carencias y levitaciones.
El mundo que media entre ella y lo improbable, ha sido finamente demarcado por la devastación fantasiosa de un Dios proscrito… ¡La mueve el mar!

