Opinión

El Gran Cañón

El Gran Cañón

Si algo tiene la belleza absoluta es el don de hacernos reflexionar sobre el paso del tiempo, y nuestras pequeñísimas vidas.
Gigantescas dunas de arena de un mar cuyas aguas esculpieron y solidificaron el grito de la tribu Navajo y Hopi. Millares de rostros esculpidos, brazos y manos, hileras de guerreros, centinelas, cuyas expresiones cambian con los giros de la luz.
Millones de luces centelleando desde los fragmentos minerales en las rocas, rojo que se descompone en todos los tonos. Palacios en las mesetas, donde en hileras no hay una sola piedra fuera de lugar.

En el atardecer, una serpiente gigante desciende por la pared del valle. Un pájaro extiende sus alas y unifica los dos lados de un valle por donde alguna vez transitó un río. Una mujer embarazada parece descansar entre dos laderas de rocas rojas. El río Colorado hace honor a su nombre, con un agua roja que alguna vez fue sangre.

La ruta hacia el Valle de los Monumentos asombra, porque el Gran Cañón es solo uno de una hilera de viajes hacia la profundidad de la tierra. Heridas que son tierra sagrada de los indios, nativo- americanos como exigen llamarse, Navajos, quienes han vivido en esta tierra del suroeste americano, según evidencia arqueológica, 1000 años antes de Cristo.

Para mi frustración han sustituido sus “hogans”, casas circulares con piso de tierra, chimenea de madera y un sola puerta hacia el Este, por casas modernas, o rodantes.

Este valle se constituyó como territorio americano en 1846, después de innumerables guerras, y el masivo encarcelamiento de los Navajos en el Fuerte Sumner en 1864. En 1868 se creó la gran Reservación Navajo, denominada como Las Cuatro Esquinas, porque abarca Arizona, Nuevo México, Colorado y Utah, unas 130,000 millas cuadradas, a 5200 pies de altura, donde hay 12 parques nacionales, 14 monumentos nacionales, 7 parques tribales, 17 áreas salvajes, seis forestas nacionales, un complejo que abarca lagos, ríos, sitios arqueológicos, cada uno con su historia, donde siempre nos guían los Navajos, guardianes de su territorio, algo que deberían aprender los ciudadanos próximos a las áreas protegidas, únicos que pueden proteger efectivamente nuestra naturaleza de los bandidos locales, aunque se revistan de poder gubernamental.
La belleza me sobrecoge.

Atrás la Plaza de la Bandera donde ondean, al paso de viento, los espíritus que cohabitaban el espacio con la juventud; atrás los “Demócratas” de USA, aliados contra Bernie Sanders, apresurando el colapso inminente de un gran país, aunque se haya fundado sobre la sangre indígena y esclava.

Aquí solo moran el silencio, el viento, la luz y de noche un cielo estrellado que fugazmente dispara sus rayos de verdadera luz.
La vida es bella.

El Nacional

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