Opinión

El hombre que se derrite

El hombre que se derrite

“Observando el panorama, desde hace un buen tiempo, confieso que a veces sin proponérmelo penosamente recuerdo una interesante y escalofriante película de terror que vi cuando era apenas  un muchacho. Analizándola bien, esta se aplica exactamente a nuestro país, pues su personaje central se desintegraba poco a poco, cayéndose a pedazos. En cada lugar dejaba una oreja o un ojo, un dedo, o bien fuera parte de su nariz.

En fin, dejaba un pedazo cualquiera de su preciada carne, hasta que al final termina justo como era de esperarse, vencido y desparramado sobre el pavimento, mutilado por todos los rincones que en su desesperación y desasosiego anduvo.

El triste drama, honestamente yo jamás pensé que lo iba a vivir en carne propia de una manera tan real con lo que se palpa  a diario en todos los sentidos y niveles de la nación, y que, más que aterrarnos, cherchamos a pesar de darnos cuenta de hacia dónde nos dirigimos. Urge reconocer y aceptar que la República es como el hombre de la película. ¡Se derrite!  Y con ella nuestros pueblos, barrios y valiosos niños, hombres y mujeres se van cayendo a pedazos por doquier, se aniquilan entre sí.

Irónicamente, por  dejadez de quienes deben velar por el buen funcionamiento de nuestro sistema de cosas, es con quienes menos se cuenta.

Se derrite con cada mujer que cae víctima de su compañero sentimental, que amparado  en  el supuesto amor termina en lamentable tragedia. Se derrite con cada vida inocente involucrada en dichas tragedias, con cada  niño que queda en la orfandad por tal situación. Se derrite con cada militar que cae en el ejercicio de su deber a manos de sus agresores.

Pero tampoco deja derretirse por cada vida que cae a manos de la milicia en violación a las leyes. Se derrite al caer un comerciante. Se derrite con cada flotilla que nos llega de convictos, degenerados algunos, otros no, hay que ser justos. Se derrite cuando un uniformado que debe cuidar la frontera no realiza con celo su labor, con la flora y la fauna que se destruyen, también se derrite. Se derrite con cada paciente  que llega a un centro hospitalario necesitado de las piadosas manos de conscientes médicos y no la encuentran. Con cada niño o joven sediento de recibir la enseñanza que tiene negada.

Y ya por  último, se nos derrite con cada ser útil que malogra su existencia envolviéndose en el diabólico mundo de las drogas, con cada joven o adolescente que cae por la intrepidez del acelerador de una  moto.

Como ven, muchas vidas valiosas se caen a pedazos en todas las direcciones. Y nos queda una sola posibilidad, una sola opción, la invitación a continuar junto a los buenos, llevando el país, porque nunca es tarde.

El Nacional

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