Igual que yo, muchos vehículos hacían lo mismo: seguían su ruta sin hacer caso de aquel grupo de personas, en su mayoría mujeres, que en la calle intentaban detener la marcha de los conductores, pidiendo a través de grandes letreros Déjame orar por ti. Cada uno con su premura y problemas, de repente parecería inadecuada la petición un sábado a mediodia, en que se salía de los trabajos para la casa, o para comer y regresar a laborar nuevamente.
Todos andaban rápido, yo no era la excepción de la regla, así vivimos ahora, pero mientras llegaba a mi destino, analizaba que parece mentira, que nuestra rutina diaria es tan angustiante, que no tenemos tiempo ni siquiera para dejar que alguien ore por nosotros. Mi angustia aumentaba mientras conducía las difíciles calles de la ciudad, porque ahora cargaba con el estrés diario de los tapones, la prisa, los problemas, el hambre de mis hijos a quienes llevaba a almorzar y, como si fuera poco, un gran remordimiento por no haberme detenido a recibir aquellas gratuitas bendiciones. Pocas horas después, a mi regreso, pasé por la misma avenida, y allí estaba el mismo grupo, la diferencia entre mi ida y regreso, es que ahora tenía más prisa aún. Los letreros estaban allí invitándome a detenerme unos segundos que no harían ningún desastre en mi tiempo y que aún fueran lo contrario, valia la pena tomar. Me detuve y una chica india, delgada y cariñosa, me dijo desde el inicio, que solo eran unos segundos. Me paré convencida de mi acertada decisión, abrí uno de los vidrios de las puertas de mi vehículo, y junto a aquella maravillosa joven, cerré los ojos y la dejé decir todo lo que deseaba para mi y mi familia. Deseó que Dios nos iluminara y cuidara, que en el camino no nos pasara nada y que tuviéramos buena salud y muchas bendiciones. Abrí los ojos y nos despedimos. Habia sacado un tiempo precioso, que día a día no tomamos por la prisa. Qué pena, la rapidez no nos da permiso de ni de dejar oren por nosotros.

