¿Qué Pasa?

El lado bueno

El lado bueno

Cuando se cerró la verja de hierro, el corazón de Ileana pareció exprimirse más y más casi hasta asfixiarla. Cerró los ojos y recostó su cabeza en uno de los lados de la entrada del colegio, para luego abrirlos y caminando lento irse a su carro y arrancar. La vida seguía.

Sí, la vida seguía y no terminaba porque había dejado su pequeño hijo por primera vez en el colegio. Por más que le doliera, era un paso importante en su vida e intentaba analizar que pasaba dentro de ella para sentir aquella tristeza.

Juntas, ella y algunas amigas más, concluiamos en que a todas nos habia pasado lo mismo alguna vez.

En el caso de Ileana, ella contó que sentia como si su pequeño fuera ya más grande de lo que en realidad es. Dice que cuando llegó al colegio, en la entrada lo detuvo suavemente para explicarle de que se trataba aquella experiencia, aunque ya antes le habia preparado para ello.

Se bajó a su nivel de estatura y le dijo “chiquito, déjame explicarte”, mientras él, que parecía apurado, le decía en tono fastidiado “dime mamá”. Ella sin hacerle caso le dijo que no se sintiera inseguro, que lo dejaba allí, pero a las 12 del mediodía, estaría buscándolo para llevarlo nuevamente a casa.

El pequeño, intentando zafarse de sus brazos, le dijo “está bien, adiós mami”. Ella no entendía su apuro y aquella actitud que era todo lo contrario a lo que esperaba de aquel pequeño de cuatro años. El, pareciendo entender las interrogantes que tenía su madre, agregó que “yo se, ya me lo dijiste”, le dio un beso en la mejilla, un abrazo rápido, como quien lo hace por cumplir y se alejó adentrándose en el patio del colegio. Ella quedó con el corazón partido cuando lo vio alejarse, pequeñito, indefenso y tan seguro. Quería devolverlo y llevárselo a casa, mientras él, asimilaba con alegría este cambio de su vida. Fue duro, muy duro verlo alejarse y evadir sus consejos y cariño.

Su pequeño parecía grande, no sentia pena ni inseguridades. Asimiló de inmediato el lugar en el que estaria día a día en las mañanas y hasta le gustaba apenas verlo. Ella, ahora sonreía, mientras nos contaba la historia y cada una de sus amigas, contábamos una diferente de, de momentos parecidos, pero en los que habíamos sentido el mismo dolor tonto, que no tiene explicación. Era algo así como una extraña pena, que pasaba y se convertía en sonrisa. Si te ha pasado a ti, cuéntamelo.

 

El Nacional

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