A Mercedes le brillan los ojos. Así mismo como usted se lo imagina, como solo brillan los ojos de la gente feliz, llena de luz, repleta de fe.
Ríe con todas sus ganas, apura su paso, vive el día a día feliz, porque siempre ha sido así y las adversidades no la harán cambiar.
Estaba, la última vez que la vi, participando de una sorpresa para la esposa de un sobrino. De repente, cuando supe de aquella broma, imaginé que ella, la querida Mercedes, estaría en su cuarto acostada tranquilita, con la actitud normal de quien solo tiene días de haber sido operada de uno de sus senos.
Llegué un poco angustiada, pensando que como estaba tarde para la cita que me habían hecho, talvez no me quedaría tiempo para antes, entrar a su cuarto, sentarme a su lado y conversar por largo y tendido como lo hemos hecho tantas veces, con un café en las manos.
Llegué lista para contestarle cuando me preguntara si no había encontrado un buen novio y hasta había creado una respuesta graciosa, para hacerla reír si estaba muy seria o preocupada por la operación.
Bajé del carro mirando una figura que parada se inclinaba para ver quién se acercaba. Era ella, quien de pie se disponía abrirme la puerta. Y era ella quien, además, superando los ánimos de cualquier persona, me abrazó transmitiéndome su convencimiento de que no había de que preocuparse, solo vivir, vivir y vivir.
Quedé sorprendida de verla combinada con ropa delicadamente pegada a su cuerpo, pantalón blanco y blusa estampada. Se movía de un lado a otro, porque aunque la broma para la esposa de su sobrino seguro había sido inventada por los demás, ella, de repente y aquella noche, sin duda se había vuelto la protagonista de aquel inocente complot.
Mientras me movía por aquella casa, por mis adentros se mantenía una sorpresa que me cambiaba la vida y la visión de muchas cosas. Ya no estaba preocupada por Mercedes, más bien me hubiera gustado decirle, que ella estaba en mejores ánimos de preocuparse por el mundo.
Mira me dijo mientras se sentaba a mi lado- esta gente pensaba que yo me iba y estaban sufriendo, pero yo se los dije, que se estuvieran tranquilos, que yo no me iba ahora.
Recalcó que se iría cuando Dios lo decidiera, pero que estaba segura de que ese, aunque todos temieron durante su operación, no era el momento indicado.
Hablaba fuerte, como quien dice una de sus mejores bromas y quiere causar el efecto planeado.
No se sentía nada, solo pequeñas molestias a las que no daba importancia, mientras a quienes la habíamos visto en cama en varias ocasiones, nos dejaba el convencimiento de que tenía razón.
Su risa llenaba la sala, su conversación era el mejor aliento. Había que dormir tranquilos, la valiente Mercedes no se iba, ella sabe cual es su momento, y sin duda, yo le creo, no es éste.
¡Qué Dios la bendiga!
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