Cuando solo vemos caras
Aunque es difícil llegar al corazón de la gente, explorarlo y finalmente decir si es bueno o malo, tolerante o inflexible, cariñoso o seco, llevarse del aspecto, puede ser un grave error y son ya muchos los casos que lo demuestran.
Y en realidad existían inmensas diferencias entre Luis y Adalberto. Luis, lucía como todo un caballero, bien vestido, formal, preparado, con dos idiomas y una buena profesión.
Elegante en sus maneras en la mesa y de esos que nunca dejan de abrirte la puerta del carro, parecería que era el hombre ideal.
Luis, es solo de esos que llaman “un buen hombre”, luchador, trabajador incansable, con algunas deudas que le quitan el sueño, criado en un hogar precario que no le permitió terminar más que el bachillerato y con un futuro que podía mejorar, pero por el momento se veía incierto.
Por esas razones, muchos encontrarán lógico que Nelly se separara de Luis porque, aunque vivía tranquila, no veía avances en su vida.
Y un año después, en medio de las felicitaciones de amigos y familiares, se casó con Adalberto, el hombre que todos creían que la pondría cómoda y le daría una vida feliz.
Pero no fue así.
Nadie contaba con que este hombre de saco y corbata, estaba lleno de violencias y frustraciones que descargaba contra Nelly, hasta amargarle la vida.
Adalberto parecía tranquilo, pero estallaba por cualquier detalle sin importancia, celaba a Nelly hasta con sus amigas, la menospreciaba por no haberse preparado y llegar a su nivel, y con frecuencia sacaba su mayor machismo y la golpeaba.
Unas pocas amigas supimos la historia de Nelly durante un café en su casa, en el que sorprendidas la escuchamos decir que extrañaba su vida al lado de Luis, con inseguridades económicas, pero con una paz que ahora no tenía.
No podía, un año después, abandonarlo todo y buscarlo, pero sí, tomó la decisión de quedarse sola y renunciar a compartir su vida con los problemas y frustraciones del “caballero” de Luis.
En lo adelante no sería la profesión o el saco y la corbata, los detalles que la hicieran pensar bien de un hombre.
Nada más cierto que aquel viejo refrán que reza “caras vemos, corazones no sabemos”.

