Tenemos que hablar…
Cuando un adulto te dice que quiere hablarte, lo ves como algo serio de lo que a veces hay que preocuparse. Pero si te lo dice un niño, muchas veces no le das importancia, por eso, cuando mi sobrina me dijo esa frase, le di un poco de largas. Pero me llamó y me lo dijo de nuevo y corrí a ver que necesitaba.
La pequeña María, sentada a mi lado, parecía desencantada a sus 6 años, tenía cara de problema y eso no era lo más normal en ella a quien decíamos sapito, porque siempre saltaba de un lado a otro llena de sonrisas.
Sentada a mi lado, mientras pasaba su mano por mi pelo como si me peinara, me contó que en esos días le pasó algo que no entendía y le daba mucho pique.
Pues resulta que sus padres le habían aconsejado que pusiera regalos a los Reyes Magos desde algunos días antes, porque supuestamente estos, ahora merodeaban las casas a cualquier hora, y era bueno que vieran los obsequios que tenían guardados para ellos, de modo que los tomaran la noche en que dejaran los reyes a los niños.
Rauda y veloz, María destinó el rincón de siempre, en su sala, para preparar a los Reyes: mentas, chocolates, paquetes de galletas, juguitos, chiclets, y al lado de esto, las acostumbradas yerbitas y hasta un vaso de agua, para los camellos.
Puso estos regalos en la mañana y en la noche, cuando fue a ver si todo estaba intacto, solo estaban las hierbas. Pero ¿cuándo entraron? Se preguntaba la pequeña.
Pero bueno, como niña insistente, al día siguiente restableció los regalos, pero en la tarde pasó lo mismo. Y al día siguiente, repitió todo nuevamente y ahora no había nada en el rincón.
Llena de desencanto, me decía que no entendía qué pasaba, porque se suponía que los regalos debían estar en el rincón, hasta el Día de Reyes, cuando ellos los recogieran, no que debía ponerlos varias veces.
Aunque soy enemiga de las mentiras, tuve que seguir la historia, porque no soy quién para contarle la realidad. Le dije que hablaría con los Reyes y le aseguraba que esto no volvería a pasar.
Fue entonces cuando tuve mi primera reunión con estos seres divinos (sus padres) que llenos de risas me contaron que ellos se comían todo, para bromear con la niña. Quedé con su promesa de que ya no volvería a pasar y dejarían los regalos en su lugar. La bella María, me llamó al celular para decirme “gracias tía”.

